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18 de noviembre de 2018 18/11/18

Opinión

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Wembley 92 desde mi objetivo


  • 28 de mayo
    de 2011
  • Antonio Campañá

He seleccionado estas dos fotos porque de alguna manera son el resumen de lo que viví en la final de Wembley ’92. Mis primeros recuerdos, no obstante, están fuera del estadio, el día previo a la final y la mañana antes del partido. Londres, una ciudad que me encanta, era un baño de banderas blaugranas y senyeras. Me recordaba a la primera gran experiencia vivida en Basilea y que algunos periódicos locales titularon como: “La invasión pacifica más importante después de la II Guerra Mundial”. Londres era eso: Trafalgar Square, Regence Street, Picadilly Circus… todo era blaugrana. Como diria Johan Cruyff: “Gallina de piel”.

Wembley, majestuoso, cerraba las esperanzas y abría la realidad. Cánticos, banderas, consignas… fenomenal. Pero el partido fue un sufrimiento. La mejor Sampdoria de su historia lo ponía difícil y, sentado detrás de la portería, lo único que podía hacer era esperar haber acertado el lado para captar el momento sublime, si es que se producía, o la amarga decepción, que la vivimos más tarde en Atenas. En el momento en que Koeman lanzó su zambombazo, estábamos ya planeando la táctica para cubrir los penaltis. Jose Maria Arolas, Joan Ignasi Paredes y yo nos estábamos repartiendo los penaltis cuando ocurrió el “milagro”: todo explotó. No sientes nada, todo se convierte en una especie de rumor interno en la cabeza que no te deja pensar; actúas, disparas y apenas te enteras de lo que estás haciendo. No tienes tiempo para pensar en lo que estás viviendo, eres como un mercenario que en sus manos tiene una poderosa arma automática que dispara fotografías. El término adecuado es el inglés: Shot!

Una vez entregada la Copa, sobre los escalones de Wembley es cuando realmente te das cuenta de lo que ha pasado. Para Koeman era lo mismo, se da cuenta de todo cuando se pone al lado de sus compañeros para hacerse la foto, donde por más que busco no encuentro al gran Andoni Zubizarreta. Después viene el desmadre. Y el rey es Hristo Stoichkov. Pilla la primera bandera que le lanzan desde la grada y con ella se pone a torear. Gran contrasentido. Haciendo pases toreros con una senyera y estelada, el símbolo del independencia catalana, en manos de un búlgaro embravecido toreando en la catedral del fútbol mundial. Me partí de risa, me entró un ataque que casi me deja KO. Y es que a veces no saber lo que haces es lo que te deja mejor el cuerpo y de eso Hristo sabía un montón. No si si me he explicado bien, pero entre estos parámetros fue mi primera Copa de Europa: La toma de London City, el sufrimiento, la explosión del gol y la loca celebración.

Antonio Campañá era fotógrafo del diario ‘Sport’ durante la final de la Champions del 92

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