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21 de septiembre de 2020 21/09/20

Opinión

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Victorias sin honra


  • 30 de abril
    de 2011
  • Eduardo Torrico

Nunca fui un estudiante de ésos que se aprenden de memoria hasta con signos de puntuación un párrafo, pero a base de copiar cien veces en el colegio los textos que no me sabía de la asignatura llamada Formación del Espíritu Nacional se me quedó indeleblemente marcado un pasaje de la “Oración por los Caídos” del insigne literato Rafael Sánchez Mazas: “A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde cada acción nuestra sea de afirmación de un valor y de una moral superiores”.

He procurado siempre que esta frase figure en mi frontispicio deontológico. La he aplicado cuando he practicado deporte (al nivel que lo he practicado, que no ha pasado de ser el de simple aficionado más o menos cualificado) y me ha complacido cuando lo han aplicado deportistas de primera línea. De ahí, por ejemplo, mi profunda admiración por Robbie Fowler, que, cuando era jugador del Liverpool, convenció a un árbitro para que no pitara un penalti a su favor, ya que el defensa rival, en contra de la percepción del colegiado, no le había tocado. Aunque sea retroceder en exceso en el túnel del tiempo, diré que mi ídolo de niñez fue Manolo Santana, y no por el hecho de ser en aquel entonces uno de los pocos deportistas españoles que ganaba títulos internacionales, sino porque era incapaz de consentir que un error del juez de silla le beneficiara (y si le beneficiaba, el tenista madrileño regalaba a su rival el punto siguiente estrellando la pelota contra la red).

Por todo eso, nunca podré caer en el embelesamiento que el 99% de la profesión periodística le profesa al Barcelona de Guardiola. Reconozco su buen juego y, también, la calidad de sus jugadores. Pero rara vez he tenido la suerte de contemplar una victoria clara, caballeresca y generosa de este equipo. Con el potencial que atesora, no necesitaría para lograr la victoria los permanentes favores arbitrales, ni los de los comités federativos (pronto se ha olvidado que le regalaron los seis puntos que tendría que haber perdido por su incomparecencia en Pamplona esta temporada) o uefísticos, ni tampoco las constantes triquiñuelas teatrales de Alves, Busquets, Pedro o Messi, que más que futbolistas parecen émulos del gran Greg Luganis.

Europa no sabía quién era este Barcelona ni entendía las denuncias que un pequeño sector de la prensa deportiva española venía haciendo sobre las descaradas ayudas arbitrales y federativas (el célebre “villarato”) que recibía de forma sistemática. Pero llegó un árbitro apellidado Ovrebo, dejó de pitar cuatro penaltis en un solo partido a favor del Chelsea y ya no hizo falta abundar en detalles. Por eso, Europa ya no se ha sorprendido de lo que ocurrió el pasado miércoles en el Bernabéu, donde se perpetró el enésimo atraco a mano armada de los azulgrana, con nocturnidad, alevosía y, supongo, mucha premeditación.

El Barcelona de Guardiola cabalga de escándalo en escándalo hasta la victoria final, sin que ello parezca preocupar a los integrantes de la plantilla, con el propio técnico a la cabeza; ni a sus directivos; ni a sus aficionados… Es posible que este Barcelona pase a la historia como un equipo que hizo un fútbol preciosista y que ganó muchos títulos, pero jamás pasará a la historia como paradigma de señorío y de deportividad. Como escribió Sanchez Mazas, prefiero un millón de veces la derrota antes que victorias tan poco claras, caballerescas y generosas como las del Barcelona.

Ah, una última consideración, dirigida a Florentino Pérez: no se puede ser señor con los tahúres del Mississippi, porque éstos juegan siempre con las cartas marcadas y, a nada que te descuides, te asestan la puñalada trapera. Confío en que haya aprendido lección y en que actúe en consecuencia a partir de ahora.

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