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5 de abril de 2020 5/04/20

Fútbol

Un país hundido

Del Mundial 1950 se recuerda más a los perdedores que a Uruguay, el campeón tras derrotar a Brasil en Maracaná. Si Alemania gana este Mundial 2014, pasará a la historia por el título pero es probable que el 1-7 del ‘Mineirazo’ pese más en el recuerdo brasileño que la dorada Copa del Mundo. Después del […]


11 de julio de 2014 Iñaki Cano - Sportyou

Del Mundial 1950 se recuerda más a los perdedores que a Uruguay, el campeón tras derrotar a Brasil en Maracaná. Si Alemania gana este Mundial 2014, pasará a la historia por el título pero es probable que el 1-7 del ‘Mineirazo’ pese más en el recuerdo brasileño que la dorada Copa del Mundo. Después del ‘Maracanazo’ de hace 64 años, los libros de fútbol escriben muy poco del éxito uruguayo y mucho de los suicidios de aquel día. De la estigmatización de aquellos futbolistas brasileños se ha pasado a la lapidación de los que participaron en un ridículo aún mayor. Ese inmenso país que es Brasil no aceptará de por vida a ninguno de los que jugaron contra Alemania el 8 de julio de 2014. Belo Horizonte y su estadio ya son para ellos una tumba de la que les costará salir ni tan siquiera a respirar.

Moacyr Barbosa, fallecido en el año 2000, estaba enterrado en vida medio siglo antes por ser el portero de aquella ‘Seleçao’; por haber encajado el gol de Gigghia ante más de 180.000 brasileños. Jugaron once pero para la torcida brasileña el mayor culpable fue el portero. Entonces el periodista Mario Filho, que hoy da nombre al estadio de Maracaná, escribió que la tristeza por la humillación había vestido de luto a un país a cuyos se habían arrebatado la dignidad y el honor por culpa de los jugadores. Una exageración tridimensionada que Brasil le agradeció poniendo su nombre al más emblemático estadio del mundo.

En Brasil, en cuestión de fútbol todo se multiplica exponencialmente. A Cafú, campeón del mundo, no le dejaron entrar en el vestuario después del 1-7. Al mencionado Barbosa, las autoridades brasileñas le prohibieron acercarse a los jugadores antes del Mundial del 94. Aquel portero que hizo llorar a todo un país, no descansó hasta el día de su muerte. Tenía que esconderse para no ser masacrado quienes se cruzaban con él en los cincuenta años siguientes, en los que por cierto Brasil ganó cuatro títulos. Ni jugadores tan gloriosos como Pelé, Garrincha, Gerson, Sócrates, Zico, Ronaldinho, Bebeto, Romario o Ronaldo Nazario, que devolvieron el honor a los brasileños con las estrellas del campeón, pudieron hacer que la gente se olvidara de aquel desastre del que culparon a Barbosa.

La situación ahora es parecida para Luiz Felipe Scolari y los suyos. Todos y cada uno de los que forman parte de esta selección se han convertido en repudiados compatriotas. Los 190 millones de brasileños no quieren escuchar sus nombres. Perder un mundial en Brasil puede llegar a ser peligroso para ellos y sus familiares. Sólo Neymar está libre de culpa. A estos jugadores sólo les queda la esperanza de que la campeona sea Alemania y no Argentina. Si el domingo Messi levanta la Copa en Maracaná, Julio César y sus compañeros deberán emigrar. Así están los ánimos de la torcida. Hasta la bolsa está preocupada por el 1-7. La maltrecha economía brasileña puede empeorar según los expertos debido al ánimo de los inversores. Las protestas de la ciudadanía, aplacadas por la selección y sus resultados, volverán a explotar basándose en la humillación sufrida y, según los organizadores de las protestas, ni el fútbol ha podido ocultar la desesperación del pueblo.

Dilma Rousseff, la presidenta, está preocupada por el resultado del fútbol ante las elecciones del 5 de octubre. Aunque los expertos confían en que no influya, temen que aumenten las revueltas contra los dirigentes y la repudiada Copa del Mundo. Las millonarias inversiones en la celebración del campeonato no han calmado precisamente a una sociedad que no quería el mundial y que estaba a la espera de las celebraciones por el sexto título. Dicen en Brasil, que el máximo culpable es Scolari al que le añaden los seleccionados con Julio César y Fred a la cabeza. Las lágrimas de David Luiz y de los que lloraron en el césped no han servido para que los aficionados se compadezcan: les llaman cobardes, llorones, sinvergüenzas, malnacidos, etc.

A Brasil aún le queda el mal trago del partido por el tercer y cuarto puesto, el sábado. La ‘Seleçao’ estará sometida al escarnio público en la capital. Brasilia espera con rabia a los responsables de la mayor humillación del fútbol brasileño. Las medidas de seguridad se han duplicado entorno al equipo y a la sociedad brasileña. En todas las ciudades se preparan para una multitudinaria manifestación nacional, en contra del gobierno por el mundial, de la FIFA y especialmente de unos jugadores que consideran que han hundido aún más de lo que estaba el ánimo y la ilusión de un país.

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