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22 de octubre de 2017 22/10/17

Opinión

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Toyota hace un Atleti en Le Mans


  • 20 de junio
    de 2016
  • David Sánchez de Castro

Imagina que una noche te encuentras a esa chica de la que estabas enamorado desde el instituto. Esa que te dio calabazas cuando tenías la cara llena de granos, aparato en los dientes y gafas de culo de vaso. Años después, os volvéis a ver y empieza a mirarte con otros ojos. Te sonríe, te pone ojitos… Y tú te lanzas: le acaricias el pelo, os miráis a los ojos, os acercáis la boca… Y de repente tus tripas te flaquean y se te escapa un regüeldo que haría vomitar a una cabra. Al carajo el mayor éxito amoroso de tu vida. El cachitas ‘mermao’ del instituto te la vuelve a levantar y tú te quedas con cara de tonto, copa en mano y como cada noche: con las ganas.

Pues algo así le ocurrió al equipo Toyota en las 24 horas de Le Mans. Pocas situaciones deportivas se me ocurren más crueles que las que vivió en sus carnes Kazuki Nakajima al volante del TS050. El coche se quedó sin potencia a sólo 13 kilómetros de entrar en la historia, y que la marca japonesa lograse su primera victoria en la madre de todas las carreras (por mucho que a Bernie Ecclestone le piquen los cuernos). Las lágrimas en el motorhome del equipo perdedor (el segundo puesto del Toyota 6 supo más amargo aún) lo dicen todo.

A mi personalmente me dolió. Había estado toda la noche comentando la carrera en Eurosport con Santi Ayala e Igor Zamorano, y los tres habíamos convenido que este sí, este era el año de Toyota. No se les podía escapar una carrera en la que Audi hacía aguas por todas partes (que se dejen de diésel y se pasen a la gasolina de una vez) y en la que Porsche se quedaba con las ganas, en un año mucho más duro que el pasado para ellos.

Supongo que algo similar tuvieron que notar los aficionados del Atlético de Madrid en Lisboa. Y en Milán. Jejeje. O los del Bayern en la final de 1999. O los fans de Carlos Sainz (padre) en aquel Rally de Gales de 1998. O tantos y tantos que vieron cómo esa mandarina enviada desde el centro del campo se ha colado por la canasta cuando nadie lo esperaba. A todos ellos, un mensaje: lo bueno que tiene el deporte es que siempre da otra oportunidad. Sólo hay que poner los medios para volver a luchar por la victoria.

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