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14 de diciembre de 2019 14/12/19

Motor

Takuma Sato desacredita las jubilaciones de la F1

Takuma Sato

El ganador de las 500 Millas de Indianápolis demostró, una vez más, que hay mucha vida más allá del Gran Circo: ¿se fijará Alonso?


30 de mayo de 2017 David Sánchez de Castro - Sportyou

Para quienes siguen la Fórmula 1 en la época reciente, el nombre de Takuma Sato no les era ni mucho menos desconocido. El japonés tuvo una trayectoria en Fórmula 1 ciertamente sorprendente, con altibajos constantes y un único podio, el logrado en 2004 en la mejor temporada del equipo BAR. En 2008 salió por la puerta de atrás de la Fórmula 1, junto al equipo Super Aguri. Y su nombre empezó a escurrirse de la memoria de la afición. Craso error.

Sato-san siempre ha sido un piloto franquicia de Honda. El japonés no conoce otros coches que no estén motorizados por el fabricante nipón, al menos en competición oficial. Estuvo cerca de probar para Toro Rosso y Red Bull, e incluso para Renault, pero poco a poco se fue dando cuenta de que, como tantos otros, no tenía hueco en la Fórmula 1. La IndyCar supuso un refugio perfecto para él.

Sato no había viajado a Estados Unidos para ganar, sino para dar espectáculo. Su carácter volátil al volante le hizo granjearse la fama en forma de mal chiste: ‘Kamikaze’ Sato le llamaban en el paddock de la Fórmula 1. Su agresividad a la hora de plantear adelantamientos le convirtieron en alguien temido para sus rivales. Es su estilo, y nadie se lo iba a poder arrebatar. Pero a diferencia de otros pilotos japoneses, como el recordado Yuji Ide (el único piloto de la F1 al que le quitaron la superlicencia por petición del resto de corredores), de Sato guardaban buen recuerdo en el Gran Circo. Agresivo, pero noble. Incontrolable, pero fiel. Irregular, pero rápido.

Eso le hizo triunfar en Estados Unidos. Sus primeros años fueron difíciles, ya una vez mudado a Denver. Le costó adaptarse al ‘american way of life’, y estuvo a punto de tirar la toalla muy pronto. Un momento clave fue su fracaso en las 500 Millas de 2012. El nipón rozó la victoria con los dedos: a falta de dos vueltas era líder, pero acabó fuera de toda opción. Dario Franchitti, ganador aquel día, le cogió de su mano después, y se convirtieron en grandes amigos. Con su apoyo y el del resto de corredores de la Indy, encontró el problema: tenía que desfogarse en la pista. Necesitaba soltar toda la energía que tienen dentro. Por eso, tras ese fracaso en Indy en 2012, volvió a su país para disputar las últimas carreras de la Fórmula Nippon, y dos carreras del Mundial de Resistencia, en Fuji y Shanghai.

Cuando Michael Andretti le incorporó a su estructura a principios de este año, se dio cuenta de que estaba fichando a un potencial ganador de Indianápolis. La llegada de Alonso tapó el favoritismo de Sato, pero desde dentro del paddock de la Indy tenían claro que podía ganar. Sólo necesitaba ‘no liarla’.

La victoria del japonés en el mítico circuito de Indianápolis es la enésima demostración de que fuera de la Fórmula 1 hay mucha vida. Mark Webber, campeón del mundo de resistencia, Marc Gené, ganador de las 24 horas de Le Mans… y ahora Takuma Sato. Quizá Fernando Alonso deba mirarse en esos espejos antes que aferrarse al clavo ardiendo de la Fórmula 1.

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