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19 de septiembre de 2018 19/09/18

Opinión

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Sergio Ramos se columpia


  • 02 de octubre
    de 2012
  • José Miguélez

Si Sergio Ramos tenía la razón (yo al menos se la daba), ya la perdió. La ha regalado. Esa bravuconada contra el entrenador destapada por Marca, ese gesto de solidaridad mal entendida hacia Özil, le deja en evidencia. Llevar la camiseta del alemán debajo de la suya, quién sabe si para exhibirla en el caso de un gol propio como guiño hacia el último señalado por el entrenador, no es valentía ni arrojo, es simple provocación. No es dar la cara por un compañero herido. No hay nada de Robin Hood en su gesto, ni un gramo de heroicidad. Sólo desafío hacia el jefe, una demostración innecesaria y absurda de que se atreve a posicionarse al otro lado de sus decisiones. Una acción más propia de un niñato que de un profesional. De alguien que piensa antes en sí mismo (aunque pretenda escenificar justo lo contrario), que en todos. Una insolencia. No es el comportamiento de un capitán.

El central madridista ha metido en un problema gratuito al Real Madrid con su desplante. Airea su distanciamiento de Mourinho y de alguna manera mide su autoridad y su paciencia. No es una desobediencia ni un motín lo que ha hecho, no se sostendría una sanción ante una acción que no constituye delito ni falta. Pero tampoco viene a cuento. Trata de afear a su superior ante los demás, simbolizar a los ojos de todos que está del lado del futbolista reprochado y no del que ostenta el poder. Una forma de rebelión silenciosa. Como si ser sustituido y abroncado en el camerino fuera en el fútbol profesional una denigración intolerable, un agravio que demandara el respaldo desinteresado de otro futbolista. Özil somos todos.

A Sergio Ramos le tocó el partido anterior pagar personalmente con las culpas de todo el equipo, ser señalado por su entrenador como responsable de los malos resultados, perder el puesto como castigo. Y al central le pareció injusto. A muchos más también. Como esa habilidad mediática del entrenador para eludir responsabilidades en las conferencias de prensa y atribuírselas a sus subordinados. El sevillano dejó clara ante los medios su posición, que aquí la culpa es de todos, y se hizo el fuerte. Y pese a las represalias, se afianzó: “No me voy a callar”. Un pulso en toda regla entre un futbolista importante y su jefe, el que más manda dentro del club. La camiseta de Özil es el último episodio de una herida que al menos Ramos no tiene intención de enterrar o disimular. Todo lo contrario, prefiere esparcirla. Una forma poco inteligente de venganza o pelea. Porque lo retrata y le hace perder adeptos. No es necesario decir sí a todo a Mourinho ni correr a abrazarle tras un gol como Pepe (ya le vale…). Pero tampoco tiene sentido ni defensa desairarle así. No, lo de Ramos no fue la última gesta del Che. Fue simplemente una estupidez.

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