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24 de junio de 2018 24/06/18

Opinión

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Segismundo y Calderón


  • 14 de enero
    de 2009
  • Carlos Carrión

Hoy estaba desayunando en el bar de costumbre, el mismo café con bayonesa de siempre (soy un animal de costumbres por pereza), y devoraba los periódicos después de leer el titular de ‘Marca’ acerca de la manipulación de la última Asamblea del Real Madrid. Ya la había denunciado Moisés Israel aquí el 8 de Diciembre. A mi lado, mis compañeros de desayuno, 67 años, agricultor y del Atleti, y 52 años, más blanco que la nieve y fontanero. Mi amigo madridista me decía, meneando la cabeza: “Es que esto no tiene nombre”. Y me ha dejado tocado.

Porque el que los sucesos o las cosas no tengan nombre te deja jodido, con perdón. Hay algo en los nombres muy poderoso: que hacen existir lo que nombran. Y si no tienen nombre, parecería que la cosa en cuestión no existe. Y como lo que está pasando en el Madrid existe, vaya si existe, pues tenía que darle gusto a mi amigo, quitarle la sonrisa al rojiblanco de paso, y nombrar lo innombrable.

La solución en estos casos, en realidad en todos los casos, está en los clásicos. García Márquez, en “Cien Años de Soledad”, ya nos lo decía, “las cosas eran tan nuevas que no tenían nombre todavía”. Ahí tenemos una pista, me dije. Es que esto de manipular Asambleas Generales, ese acto sagrado en el que los compromisarios, dueños únicos del Club, toman las decisiones importantes, es nuevo. Por eso no tiene nombre lo que MARCA dice que ha hecho Calderón.

Otro clásico, Segismundo el del Calderón de verdad, el de la Barca, tenía más pistas: “Sueña el rey que es rey, y vive / con este engaño mandando, / disponiendo y gobernando / y este aplauso, que recibe / prestado, en el viento escribe…”.

Será como dicen los clásicos, me dije. La manipulación es nueva, y por eso no está en el inventario de palabras que manejamos los madridistas, y por tanto no tenemos forma de prevenirnos, generando anticuerpos en forma de antónimos, como por ejemplo urnas, transparencia, derecho a hablar sin coacción, en fin, democracia en el sentido noble del término. Será eso, me dije, que es nuevo.

Y también será como dicen los clásicos, que el presidente se cree que es presidente, pero en realidad no lo es. Entre otras cosas porque no nos lo creemos. Miren, en esto de pensar, funesta manía que trato de no practicar mucho, yo me apunto a Schmitt. No, no al fantástico alero brasileño, sino a Carl. Hay una distancia cada vez mayor entre el discurso y la realidad. El problema nos viene de lejos, de antes de que este presidente fuera elegido, desde el momento en que entró a formar parte de una Junta Directiva, en mala hora y por presiones. El Calderón socio compromisario, incluso el Calderón miembro de la Junta, era poseedor de un discurso moral imparable, azote de corruptelas y desprecios hacia los dueños del Club, los socios. Con el tesón del caracol que persigue a otro caracol hasta alcanzarlo, trabajó su oratoria y consiguió su meta.

El Calderón presidente, por fin, se ha hecho práctica de su discurso. Y ha resultado que no es lo mismo, simplemente porque no es presidente. Lo cree, incluso le creen los de alrededor, pero no lo es. Por eso lo que está pasando tiene nombre: estamos viviendo un delirio. Y difícil de curar, porque Calderón no es el único que lo sufre. Lo sufrimos todos, en cierta medida, al aceptar que nuestra emoción por el fútbol y por nuestros colores se mueva a golpe de portada, a chorro de fichaje mediático, y seguir viviendo la degradación del Real Madrid con memoria de pez mandarín.

Porque no va a pasar nada, se publique lo que se publique mañana, y pasado, y al otro. Calderón no es presidente del Real Madrid, no se lo crean, los que mandan son otros. Por eso no puede dimitir, ni se va a ir, porque no puede aunque quisiera, que además no quiere. ¿A dónde pretenden que se vaya?. Sólo ocurrirá algo cuando la cosa esté de nuevo atada, eso sí, sin contar con los madridistas más que lo mínimo (para qué, si no tenemos memoria), y cuando sea el momento.

Mientras tanto, perímetros defensivos, y a sacrificar directivos cada vez que haya un nuevo dato, que los habrá. Que para eso tienen sus contratos blindados, y sirven a una causa superior, la pasta.

No son un vacile las citas, créanme, no hay más que seguir con el clásico. “Que todo en la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Pues eso, que seguimos sin despertarnos, esperando el advenimiento del que nos ha de salvar. Y al Madrid sólo le salva volver a ser el Madrid, y los únicos que le pueden salvar son los socios. A ver si nos caemos del guindo ya de una vez.

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