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18 de octubre de 2019 18/10/19

Opinión

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La renuncia


  • 27 de junio
    de 2016
  • Andy Stalman

La mirada perdida de Leo Messi, los ojos acristalados por las lagrimas de impotencia, bronca, enfado. Parecían lágrimas de todo menos de despedida. El mejor jugador del mundo clavaba su mirada en la nada. A su lado, su inseparable compañero el ‘Kun’ Agüero que parecía sostenerlo para que no se derrumbara aunque por dentro estaba hecho pedazos.

Dos horas antes comenzaba la final de la Copa América del Centenario. Se reeditaba la final del 2015 en la que se enfrentaban Argentina y Chile. El partido fue secuestrado por un árbitro mediocre, tirando a pésimo, que tomó malas decisiones y por supuesto ocupo un lugar que nunca debería haber usurpado. Cuando un árbitro es la estrella de un partido es que es muy malo. El fútbol es de los jugadores.
Messi es al fútbol de hoy lo que Einstein fue a la física. No se podría comprender sin él. Messi indudablemente está instalado en el podio de los 5 mejores jugadores de la historia del fútbol. Pero anoche, una bomba recorrió las redacciones del mundo entero: “La Selección de Argentina se terminó para mí”, afirmó.

La Argentina y los argentinos de todo el mundo estábamos en silencio. Sepulcral silencio tras una nueva final perdida (la tercera consecutiva: Mundial 2014, Copa América 2015, Copa América Centenario). El silencio era estremecedor. No salían las palabras. Y mientras lidiamos con la tristeza y una nueva frustración, el mejor del mundo soltó la bomba de hidrógeno: “Se terminó”.

Se me vino a la mente el Cholo Simeone momentos después de la final de Milán en la que el Atlético de Madrid, también por penaltis, perdió con el Real Madrid. “Tengo que pensar, no puedo llegar a dos finales y no ganarlas” dijo el Cholo. Pensé en Messi. Habrá sentido lo mismo que el Cholo. Los ganadores no se conforman con llegar a la final, la quieren ganar. Juegan para ganar. Perder no es una opción. Leo quiere y necesita pensar, pero en medio del shock soltó que la Selección se terminó para él.

Cada vez que la pelota le llegaba a Messi el cielo de Nueva Jersey se iluminaba y los mas de ochenta mil espectadores se quedaban estupefactos. Pases milimétricos, galopadas valientes contra cuatro o cinco camisetas rojas en el mejor de los casos. Vidal como su sombra. Quizás entre tanto fútbol a todas horas, todos los días, hemos perdido la capacidad de asombro. Quizás hemos asumido que Messi sólo puede contra todos y contra todo. Messi provocó todo para que Argentina gane. Todo. Pero no pudo ser en los 120 minutos que duró el juego.

La quiniela de los penaltis una vez más, dio la espalda a la Selección. Pero quedará en anécdota si el jugador mas brillante, admirado y mágico del siglo XXI no vuelve a vestir la camiseta de su Selección. De nuestra Selección. Mientras la noche avanzaba y el silencio se hacía más ensordecedor, volví a pensar en el Cholo Simeone y que tras ‘pensarlo’ decidió seguir con su proyecto. Estoy seguro que Leo hará lo mismo. La renuncia no está ni estará a la altura de su fútbol ni de su calidad.

No es momento de entrar a valorar el rol de la Asociación del Fútbol Argentino y de cómo esto también ha podido influenciar, pero el tiempo se encargará de ello.

Mientras, el día después es un día de broncas y tristezas, de frustraciones y dolores. Algunos dirán que es ‘solo fútbol’ y otros comprenderán esa mirada perdida. Esos ojos llenos de lágrimas y esas palabras de renuncia. Cuando se siente la camiseta, perder duele y cuando se siente mucho, perder duele más. Espero que haya renunciado para liberarse de su dolor pero no de su compromiso con este equipo. Todos sabemos que terminará ganando una final. Leo Messi, la Selección Argentina y el fútbol se lo merecen.

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