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9 de julio de 2020 9/07/20

Opinión

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¿Qué es el Valencia?


  • 06 de mayo
    de 2017
  • Chema Mancha

El Valencia de hoy es ruido. Al Valencia no se le escucha porque la inutilidad y el arribismo han montado una fiesta de tres pares de cojones y no hay manera. Bilis que ladra. El zumbido de una nevera a punto de escarchar. Guerra Mundial Z, festival de infectados.

Alguien le ha robado la ropa al Valencia en un centro comercial y se ha ido corriendo con ella. El Valencia sale en pelotas, con las dos manos en los genitales, cada domingo, huyendo. Avergonzado. “¡Mira!”, señala el resto de equipos con el dedo.

Un fan de Cristiano Ronaldo que se compró el club por 200 millones de euros está decidiendo el estilo de juego que quiere para su equipo la temportada que viene, un equipo al que no ha ido a ver al campo desde hace exactamente un año y cinco días. Ejecutivos presurosos acuden a su palacio y le muestran la lista de entrenadores como el comercial que enseña el catálogo de muebles, para que elija cómo quiere decorar el despacho alguien capaz de combinar grifos de oro y alfombras de guepardo, sentirse orgulloso y quitarse un paluego del premolar con un palillo.

“Que sepan que el Valencia ya no es un club de segundones”. La frase es de David Albelda, en La Rosaleda, donde el Valencia dijo basta. Pero por desgracia, durante los quince años y un día siguientes, bastantes directivos segundones han conseguido bañar el club en ineptitud y despilfarro. La mayoría de ellos eran valencianos, que conste, aunque nadie ha perseverado tanto en la torpeza como estos de Singapur. De récord.

Pero como ocurre con todo lacado malo, se va cuando rascas. Si no sería imposible que sobreviviesen tipos como Voro, que saliesen chavales como Lato o Soler. Si todo estuviera perdido no habría gente como Giner, Jaume y Gayà cayendo en el sentido común con tanta fuerza que aturde, como lo han hecho con su iniciativa de juntarse en la directiva de la Asociación de Futbolistas. Desde ahí Guillot, Subirats, Sánchez, Baraja o Sempere, entre otros, harán llegar su mensaje a través de ellos a los que quieran escuchar de la primera plantilla. Yo pagaría a 40 euros la hora de charla futbolera con Juan Sánchez, o a 1.200 un postgrado de ojo clínico con Subirats. Lástima que no lo comercialicen.

Si todo estuviera perdido, no existiría alguien como Fernando Gómez Colomer, a quien cada vez que escucho me pasa que voy sólo en el coche y grito: “¿Pero cómo es que este hombre no está trabajando para el club?”. El del coche de al lado se me queda mirando, pero sabe que tengo razón.

Si el Valencia ya estuviese muerto, no estaría Mario Alberto Kempes asumiendo la representación del club como la asume, con honestidad, sinceridad y sin sueldo. Después de cada entrevista del Matador hay un ejecutivo de Singapur escondido detrás de una cortina, por si acaso.

Y hay más, mucho más que no cabe aquí. El Valencia está vivo, pese al ruido. El Valencia no está sentenciado, pese a los verdugos. El Valencia no es rencor, ni amargura ni pasado. Ni odio, ni venganza, ni ciclos. El Valencia es, simplemente, el Valencia, y lo entiende quien lo entiende. Y es algo mágico, un tesoro. Al Valencia sólo hay que despertarlo y callará todo lo demás.

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