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7 de diciembre de 2019 7/12/19

Opinión

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Príncipes de Asturias, reyes sin corona


  • 22 de febrero
    de 2009
  • Antonio Toca

Juntemos varias de mis pasiones: cine, literatura y deporte. Resulta que John Irving, afamado escritor norteamericano, publicó en 1985 una novela cuyo título fue ‘Las normas de la casa de la sidra‘. Lo curioso de la traducción recayó en el título que se le puso a la edición española: ‘Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra‘, por el grito que daban los niños huérfanos poco antes de dormir. Cuando, en el año 2000, Hollywood puso los ojos en la novela de John Irving, convenció al escritor para elaborar el guión -con bastantes enfrentamientos con varios de los directores que quisieron convertir en imágenes el texto de Irving- y a Michael Caine para ponerse al frente del reparto. La película fue un éxito y la editorial española en poder de su edición decidió cambiar el título de la novela por el original, Las normas de la casa de la sidra.

Hace pocas fechas, Rafa Nadal propuso el nombre de Roger Federer como candidato al Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Él entendía que, si hay alguien que se lo merece, es el suizo. A la opinión de Nadal se unieron tanto Fernando Alonso como Michael Schumacher, que comentaron la injusticia de no haberle premiado aún. Estos deportistas, en especial los dos españoles -premiados de forma prematura-, no eran conscientes de la situación en la que estaban colocando a los miembros del jurado que les había galardonado.

Volviendo a la novela de John Irving, los ‘príncipe de Asturias’ estaban señalando con el dedo a los reyes sin corona, e incluso hacían referencia de pasada a las normas de la casa de la sidra: esas salas de reflexión del Hotel Reconquista en Oviedo donde se discutían las opciones de los candidatos.

¿Por qué esta crítica velada al jurado? Simplemente a que éste nunca pensó en las consecuencias del fallo, sino en el resultado mediático que suponía la concesión del mismo a un deportista español. Las consecuencias reales de no ver más allá del ombligo.

Por esas normas escritas en el viento, y el miedo a premiar a un deportista que no venga a recoger el galardón, el jurado siempre barría para casa, dejando de lado la trayectoria de leyendas vivas del deporte mundial. Si nos centramos sólo en el tenis, y empezamos a recordar hitos de este deporte, podemos comentar que antes que a Nadal, en España, se le debería haber dado el premio a Manolo Santana. Pero claro, Santana hace mucho tiempo que se retiró. Y si pensamos en Federer, ¿por qué no Agassi o Sampras, ambos con unas carreras ejemplares? O antes que estos dos, McEnroe o Borg, el mismo al que Nadal rinde pleitesía y a quien nunca, por edad, vio jugar. Eso dejando de lado, el premiar con un galardón individual a un colectivo, lo que no busca nada más que aprovechar el momento mediático, lo contrario a lo que implica un reconocimiento a una trayectoria deportiva.

Justo cuando fallaron el premio a favor del tenista de Manacor mostré mi contrariedad, porque entendía que había un par de deportistas que, en el conjunto de la temporada, como hazaña deportiva se lo merecían más, pero que en nombre del deporte como superación y esfuerzo, y en reconocimiento a lo que de manera desinteresada habían realizado, el premio debería haber ido a parar al grupo de alpinistas que se jugaron la vida en el Himalaya, en una lucha contra la naturaleza y en tiempo record, por salvar la del alpinista español Iñaki Ochoa de Oza. El jurado español de los premios Príncipe de Asturias ni consideró esta opción, supongo que debido a que el montañismo no es un deporte, mediático, añado yo. No obstante, la no concesión del galardón importaba poco a quienes lucharon por salvar a un compañero, que agradecieron el recibimiento y reconocimiento de Navarra en su lucha por obrar un milagro, y que pidieron, en un acto de generosidad y modestia, disculpas a los padres de Iñaki, con lágrimas, por haber fracasado en su misión. Estos son deportistas, leyendas desconocidas para unos premios que no quisieron reconocer su esfuerzo (y no quieron señalar individualmente a nadie).

Si Rafa Nadal hubiera tenido la cabeza fría, y el sentimiento de culpa que le embargó el haber derrotado a su amigo Federer, nunca debería haber pronunciado esas palabras. Galardonados con el Príncipe de Asturias de los Deportes hay unos cuantos, pero reyes sin corona, muchos más. Sin embargo, en la memoria selectiva de los aficionados, hay reconocimientos que no tienen premio. El ejemplo de Agassi es evidente, como el de Ángel Nieto, o los alpinistas a los que hago referencia. Por esa razón no creo en este premio. Culpa mía, sin duda, y de un jurado que no sabe mirar más allá de su ombligo.

De él depende que algunos dejemos de considerar este galardón como un premio nacional, en vez de la idea de internacionalidad que pretende defender. Que el fallo del jurado sea más justo depende de que en el mismo entren a formar parte miembros no españoles en un número apreciable. Los reyes sin corona lo merecen. Como terminaba ocurriendo en la novela de Irving y en la película de Caine.

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