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17 de julio de 2019 17/07/19

Opinión

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Preciado y el coche en doble fila


  • 08 de junio
    de 2012
  • Alfredo Varona

Ha muerto Preciado, ha muerto una parte de Cantabria, de los futbolistas de antes, de los entrenadores de siempre. Ha muerto un hombre de El Astillero y nada menos que en Valencia, en la otra punta de la geografía, lejos, lejísimos del Cantábrico. Fue un futbolista discreto, de los que vivió al día en multitud de lugares y se declaró en huelga porque pensaba que los futbolistas también tenían derecho a estar dados de alta en la Seguridad Social. Ganó menos dinero del que le prometieron en Segunda B, en capitales de provincia, en las que nunca se le admiró por su talento, sino por su bravura. Quizá por eso ha resultado ser un entrenador especial con tanta facilidad para crear amistades y casi ninguna para hacer enemigos. Preciado nació en la calle, entre los dedos de El Astillero, junto a la ría. Y toda la capacidad que le faltó para diferenciarse con la pelota, la tuvo con la palabra, con esa voz grave, con ese aspecto de hippie, sobre todo en su época de futbolista con aquellos pelos estrafalarios y ese bigote, que entonces ocultaba la profundidad de sus labios. Su cromo, por cierto, siempre era de los fáciles en el álbum de la época, sobre todo en aquel Racing que compartió con Alarcón, Mantilla, Verón, Damas y Quinito, incluso.

No fue un futbolista comparable a los de ahora. “En mi época éramos futbolistas, no modelos”, me dijo Manolín una vez, a mediados de los noventa, en Santander cuando yo me iniciaba de periodista y él de entrenador. No sé si fue con él o con Geñupi con el que inicié en ‘Alerta’ una sección “¿qué fue de viejos racinguistas?”, pero sí sé que me lo agradeció de veras. Él estaba en las categorías inferiores del Racing que liberaba Boli (José Manuel Gómez Solana). Pero sobre todo era un hombre de Nando Yosu que hoy, azotado por el alzehimer, vive en una residencia de ancianos en la que tal vez ni se haya enterado de la muerte de Manolín Preciado. Y, si se ha enterado, habrá llorado, él o su corazón, porque fue una vida la que compartieron. Juntos probaron el veneno del fútbol y, antes de héroes, fueron supervivientes. Yo todavía recuerdo a ese Preciado en las calles de Santander, a su coche casi siempre en doble fila, en la calle San Fernando, en Peña Herbosa, hasta en Reina Victoria. Pero era Manolín Preciado, mayo del 68 en un solo cuerpo, una parte más de la bahía de El Sardinero. Recuerdo esa época, al lado de Tomás Alonso, del Boli o de Sañudo y casi me emociono al recordar a ese ex futbolista pasado de moda y con una pinta que te impedía vislumbrarlo como un entrenador importante. Me equivoqué. Manolín no sólo poseía una voz grave. También una mente buena e inquieta, que es la que nunca le impidió coger el teléfono a nadie y se responsabilizó de casi todos sus triunfos. Fueron muchos o, al menos, los suficientes para que hoy no exista el consuelo. Ha muerto Manolín Preciado, y lo ha hecho demasiado pronto. A los 54 años tan solo y, de paso, nos ha recordado lo que casi siempre se olvida: la vida tiene carácter provisional.

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