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23 de septiembre de 2020 23/09/20

Opinión

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Pep, el repartidor de felicidad


  • 10 de mayo
    de 2009
  • Elías Israel

Cuando Pep Guardiola llegó al banquillo del Barça mirábamos con ojos recelosos el cinturón de seguridad que Laporta se había puesto después de una moción de censura que le hizo tambalearse en su sillón presidencial.

Pep volvió a la esencia. Exprimió el zumo de Cruyff, lo aderezó con gotas de la competitividad italiana que aprendió en el Brescia, miró a los ojos a sus futbolistas y como si siguiese siendo el ‘4’ en el círculo central, llegó a un pacto con ellos. Tenemos talento, falta compromiso. Su batuta se convirtió en varita mágica. “Si vosotros me seguís, llegaremos a la meta”. Trabajó sus cerebros. Consiguió que Piqué se creyese el nuevo Beckenbauer para sacar el balón y el nuevo Alexanko como símbolo, que Dani Alves recordase a Cafú, que Xavi e Iniesta no se bajasen del autobús de la Eurocopa, que Henry se acordase del crack que fue en el Arsenal, convirtió la furia de Eto’o (al que puso en el mercado) en un saco de goles, dejó a Messi ser Messi. Devolvió la autoestima a Víctor Valdés y, sobre todo, por encima de todas las cosas, rodeó al entorno, al autodestructivo entorno de mensajes positivos.

En su semana fantástica hemos visto las dos versiones del Barça: un equipo bañado en oro en el Santiago Bernabéu. En su primer año como técnico, Pep llegó donde su maestro siempre se arrugó. Exigió salir a jugar al fútbol y sus hombres entendieron el mensaje. En juego no estaban tres puntos, sino tres títulos. Su equipo compendió en noventa minutos una lección de geometría (pases medidos), otra de química (compromiso) y, la más importante, otra de psicología. Desbordó a su eterno rival con sonido de violines, dio el golpe de gracia a la Liga y dejó con una depresión de caballo al madridismo. Cualquiera que ame este deporte no se cansará nunca de ver ese partido.

Cuatro días después, en Londres, se encontró otro partido. El Chelsea de Hiddink impuso el infernal fútbol físico de la Premier y se convirtió en un laberinto. Parecía no haber salidas y si alguien las encontraba era el equipo inglés a la contra. Le pudo rematar, pero el Barça, por mucho que algunos se empeñen, tiene un gran portero. También tuvo la suerte (no creo en conspiraciones) de encontrarse a un árbitro noruego que se hizo el sueco con las jugadas en el area azulgrana y que también se equivocó en la expulsión de Abidal.

El final del partido tuvo deje poético. No fue Kaiserlautern. Es cierto que el Barça ya rifaba balones a su nuevo ‘Alexanko’, pero cuando el balón llegó a Messi, éste no se precipitó, ni pensó en su gloria, ni chutó para probar suerte, se la dio al que mejor colocado estaba. Iniesta la pegó seca y según se quitó la camiseta, se elevó a la categoría de leyenda del barcelonismo.

Guardiola, el alquimista, se mutó por un instante en Fernando Vázquez, corrió la banda, no se le recuerda un sprint igual de futbolista. Tras el pitido final del amigo noruego tuvo gestos de compañero con cada uno de sus hombres.

El hombre inteligente dejó disfrutar unas horas y mintió: “no hemos ganado nada”. Han ganado todo aquello que nunca aparecerá en los libros de la historia del fútbol, pero que queda en los corazones de las personas: sensiblidad, gusto, altura de miras, fidelidad a unas ideas, compromiso, levantar envidias, repartir felicidad.

Ganar ganan algunos. Como el Barcelona, casi nadie.

Esa es la ‘Grandeur’.

Artículo publicado el sábado en ‘Público’.

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