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Opinión

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Obras maestras del cine y el boxeo: Toro salvaje


  • 12 de octubre
    de 2009
  • Juanen Gonzálvez

¿Es el boxeo un deporte violento? ¿Es un deporte? ¿Es para gente violenta? No, sí, depende… Los detractores del boxeo quizás lo tengan fácil cuando quieren criticarlo y alguien podría pensar que viendo esta película todavía lo tendrán más. Sin embargo, el retrato de la vida de Jake La Motta que aquí se hace más bien indica a pensar todo lo contrario.

La Motta se crió en un barrio complicado de Nueva York donde no hizo más que pandillear y robar hasta que alcanzó el camino del boxeo, donde llegó a ser campeón del mundo de los pesos medios. Jake tenía marcadas obsesiones que desembocaban en paranoias muy perjudiciales para todos los que estuviesen a su alrededor. Particularmente para sus más cercanos, sus mujeres (tuvo varias) y su hermano Joey, que no sólo se encargaba de ejercer como manager sino también de cuidar de él fuera del ring.

A grandes rasgos, esa podría ser la definición de esta película que no obtuvo un reconocimiento inmediato, varias fueron las malas críticas que le cayeron, sino que ha sido el tiempo el que la ha puesto en su sitio. De hecho, a día de hoy constituye todo un clásico en el cine, otorgándole incluso un puesto entre las diez mejores películas de la historia del cine y el podio de honor entre las mejores películas sobre deporte.

Fue Robert de Niro el primero que leyó la biografía sobre La Motta cuando estaba rodando “El Padrino II” y cayó prendado de su historia. Entonces le pidió a Martín Scorsese, su director casi de cámara, que se embarcara en un proyecto que les llevaría varios años hasta su finalización: combates medidos al milímetro (más de dos meses estuvieron rodando todos los asaltos de la película), despliegue de recursos técnicos tanto en la fotografía como en el sonido, un montaje interminable que casi termina con la paciencia de Scorsese… todo parecía destinado a que la cinta no viera la luz, pero el destino no permitió que la historia se quedara en la oscuridad.

Pero ese lado tenebroso fue el que más impacto en la historia de este boxeador. Lo echó todo a perder por culpa de no poder librarse de esa tendencia a pensar que todo el mundo estaba intentando quitarle a su mujer y que había toda una serie de conspiraciones en su contra. Sin embargo, su moralidad resplandecía en el ring, donde nunca cayó noqueado, ni siquiera en la ocasión en que se prestó a amañar un combate para dejarse perder.

Se puede asegurar que eso no es moral, pero La Motta casi no tenía alternativa al recibir la “oferta” de una mafia italiana que no le iba a apoyar para disputar el título mundial si no se prestaba al tongo. La Motta no llora más que dos veces en todo el metraje y una es precisamente aquí, cuando sabe que lo ha hecho mal y que debía haber vencido el combate contra un rival sensiblemente inferior.

Sin embargo, La Motta no llora cuando maltrata e insulta a su esposa. No lo hace tampoco cuando acusa y agrede a su hermano por, supuesmente, haberse acostado con su mujer. Y tampoco tiene remordimientos cuando besa a dos jóvenes que entran en el bar que ha montado tras retirarse y que hacen que ingrese en la cárcel al descubrirse que tenían catorce años.

La segunda vez que llore será cuando, ya en prisión, los guardias le llamen animal y lo traten como tal. Será cuando por fin comprenda la dimensión de toro salvaje que ha afectado a su vida y que para nada tiene que ver con su dimensión pugilística. Ahí, justo en ese momento, Jake volverá a derramar unas lágrimas por fin de comprensión de su propio yo.

Scorsese, maestro en el retrato de la violencia, sabe darle a la película todos aquellos detalles que pocos podrían otorgarle. Desconocedor absoluto del boxeo, aporta una perspectiva externa que contrasta con la interiorización del personaje que hizo De Niro y que también funciona para acercar al espectador o alejarlo del cuadrilátero, según sea necesario. No hay concesiones benevolentes a las obsesiones de La Motta, pero sí una forma de rodar tan sutil como eficaz para que el espectador sienta compasión por él.

Lo mejor: el rodaje en blanco y negro. Scorsese se dio cuenta por el color de los guantes, que era un rojo demasiado fuerte, de que no funcionaría si no se aprovechaba de toda la escala de grises. Fue todo un éxito, pero sin olvidar la reproducción casi exacta de los combates que realmente tuvo Jake La Motta.

Lo peor: quizás demasiado explícita en algunos momentos. Provoca cierto rechazo en según qué públicos, lo que puede ser una explicación a por qué no funcionó bien en taquilla, pero sí posteriormente.

La anécdota: cuando Jake La Motta y su ex mujer Vickie fueron a ver la película, él se sintió un poco decepcionado por cómo quedaba retratado y le preguntó si realmente había sido tan malo. Ella no lo dudó y le respondió: “No, eras peor”. Genio y figura.

Los premios: dos Oscar, mejor actor para Robert de Niro y mejor edición para la mejor editora de la historia del cine, la incombustible y inseparable de Scorsese, Thelma Schoonmaker. Fue la primera vez que nominaron al propio Scorsese a la dorada estatuilla y tuvieron que pasar seis nominaciones más (y más de veinte años) para que al final la lograra por “Infiltrados”.

Continuará…

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