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18 de octubre de 2018 18/10/18

Opinión

Opinión

My first, my last, my everything


  • 05 de febrero
    de 2009
  • Carlos Carrión

Grande Barry White. Por tamaño, y por llamarse White. Un visionario. No sólo por esta canción (la estás tarareando mientras lees, confiésalo), sino porque acertó a ver lo que la prensa deportiva y no deportiva iba a decir de los candidatos a presidentes del Real Madrid en 2009. Que sólo hay un primero, un último, un todo. Un único.

Hay carreras de sacos por ver quién alaba más a Florentino, quién le quiere más, quién ha estado más cerca de él estos años, quién es su mejor hagiógrafo. No lo necesita, y no creo tampoco que le venga bien, pero lo cierto es que ha conseguido una rara unanimidad entre entendidos y no entendidos de la cosa. No sé si lo han analizado con detalle, pero este paisanaje tiende a hacer caer la torre más alta, además de tener la manía de aliarse con el más débil. Por eso serían buenas unas elecciones con más candidatos y con debate, pero andan los del quinto poder haciendo todo lo posible porque no sea así. Lástima por todos, y en especial por él.

Los romanos lo tenían claro; cuando un general victorioso regresaba a Roma, un siervo, de pie a su lado en la cuádriga mientras era aclamado por el pueblo, le susurraba al oído “¡Mira detrás de ti, recuerda que eres humano!”. En el Madrid, los siervos están en el segundo, tercer y cuarto anfiteatro. Y se lo recuerdan al presidente, cada vez que el equipo juega mal, pierde, o no hace lo que el madridismo considera digno de la historia del club. Florentino lo sabe muy bien, mejor que ningún otro candidato, porque lo ha vivido.

Tuve el privilegio de ser durante un tiempo uno de los que susurraba a su oído. También lo hice, antes, para otras personas poderosas y muy notables, como él. Pero a los grandes generales no les gustan las malas noticias; Tertuliano no lo cuenta, pero estoy seguro que más de uno tiró al siervo del carro, por aguafiestas.

Le aprecio, y mucho. Y estoy convencido de que será un gran presidente, pero sigue fallando lo mismo que antes, demasiadas alabanzas. Demasiado palmero cerca, medrando a la sombra del gran árbol, aprovechándose de él en la creencia de que bajo sus ramas todo es posible, incluso la ignominia. Ahora sé que no es así, y los de las palmas van a descubrirlo pronto en sus carnes. Me apuesto un cortado.

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