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13 de noviembre de 2018 13/11/18

Opinión

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Mi amigo siempre sonreía


  • 07 de junio
    de 2012
  • Juanma Castaño

Dos días buscándonos y no encontramos el momento. Sus dos últimos días. Él llamaba y yo volaba o presentaba en la tele. Yo llamaba y él comía con la gente del Villarreal para cerrar su contrato. Y venga a ver llamadas perdidas de Preciado yo, y llamadas perdidas de su amigo emigrante él. Y no hubo manera. No pude decirle lo mucho que me alegraba que cogiera un club como el Villarreal y de volver a tenerle en escena. Me daba igual que se convirtiera en rival número uno del Sporting, los amigos son los amigos y a los amigos se les desea lo mejor siempre.

Preciado, presentado ante la sociedad como un ejemplo de superación era, por encima de todo, un gran amigo. Un tío normal que no cambió ni con el éxito ni con el fracaso, ni con la felicidad ni con la desgracia. Era un vitalista convencido, un apasionado de los viajes, un tipo que esquivaba las etiquetas y que paseaba con la cabeza alta. Siempre sonreía.

Jamás hablé con Manolo de su desgraciada historia familiar. Cuando murió su padre le di el pésame muy rápido, evitando profundizar en el dolor y en los recuerdos que le traían a la cabeza otro tanatorio y otro funeral. De mis conversaciones con él saqué la conclusión de que le molestaba un poco la eterna historia de que era un luchador, un castigado por la vida. Él se presentaba como un entrenador más pero no era así: era una lección de vida para todos los que a diario nos ahogamos en un vaso de agua. Algo que, por cierto, jamás le dije.

Manolo, cuando llegue a Gijón, antes de nada, lo primero que haré será ir a abrazar a tu amigo Víctor ‘Chaflán’ y a Alejandro ‘Bule’, que están hechos polvo. Comeremos lo de siempre, beberemos lo de siempre y seremos los de siempre. Son mis amigos, que los hiciste tuyos y que te adoraron en vida y te adorarán hasta el fin de sus días. Me dejo a todos los demás, la pandilla que ahora te llora como si hubieran nacido y crecido contigo y que sin embargo te conocieron cuando ese bigote ya estaba lleno de canas. Y qué suerte tuvieron, y qué suerte tuvimos, y cómo vamos a presumir a los cuatro vientos que nosotros fuimos amigos de Manolo Preciado.

Nunca te olvidaré.

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