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16 de junio de 2019 16/06/19

Opinión

Opinión

Más que fútbol


  • 10 de diciembre
    de 2018
  • Andy Stalman

Congoja, una palabra que me escribía mi amigo Marcelo desde Buenos Aires. Ni oraciones largas, ni títulos aterciopeladas, una sola palabra para definir el sentir del hincha de Boca. Imaginé lo que congoja podría representar pero quise asegurarme de su significado. Según la Real Academia Española la congoja es 1. f. Desmayo, fatiga, angustia y aflicción del ánimo. Salvo desmayo, todo lo demás resumía la perfección el sentimiento reinante. Fue la final más larga de la historia por una “sucesión de hechos bochornosos” que pasaran al arcón de los recuerdos como una época de la que avergonzarnos. Del fútbol, del “entorno”, de los intereses ocultos, de los no tan ocultos, de una realidad que opaca la belleza del fútbol en estado virgen.

Pero antes de la congoja pasaron un sinfín de sucesos. Resumiendo: el partido de vuelta en el Monumental se suspende por la conjunción de violencia, ineptitud y desorganización del “partido más relevante entre clubes argentinos de la historia”, alguien dixit. Declaraciones de unos y de otros, el enfado de otros y de unos, ciertoperiodismo que dictaba cátedra de orden, civismo, moral y educación, incertidumbre, una ciudad tras otra candidateándose para ser la anfitriona del “partido del siglo”. Algunas ni siquiera se presentaban como candidatas pero igual aparecían en las quinielas. Los hinchas querían que se jugará en Argentina, cierto periodismo seguía dictando cátedra, las redes ardían, y el calendario se encogía. Un tal Florentino, inicia la operación Bernabéu con el visto bueno de quienes tienen que dar el visto bueno, y por encima de los millones de Qatar y el canto de sirenas de otras potenciales sedes, la Conmebol, una institución digna de estudiarse en las escuelas de negocios, para aprender lo que no hay que hacer, anunció que se jugaría en Madrid. Los memes de la Libertadores pasaron a la copa Conquistadores, ironías, cinismo y las caras de desilusión en Buenos Aires, la provincia y el interior contrastaban con las sonrisas de oreja a oreja que surgían en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y media Europa.

Los medios españoles se frotaban las manos. La Conmebol se vendía como la nueva maravilla del fútbolmundial. El presidente de River contaba que había recibido unas 300 amenazas de muerte. Más que lamentable. Los de Boca argumentaban que no se debía jugar. Ilustres ex futbolistas y entrenadores acusaban de espolio y extravagancia a la mudanza de la final al otro lado del charco. Extasis informativo, redes echando humo, debates de madrugada, entradas a la venta en webs no oficiales antes que en la oficial, el mercado negro operando con la eficacia de un reloj suizo.

Madrid ocupo el lugar de Buenos Aires, la alcaldesa Carmena el de Rodríguez Larreta, Pedro Sánchez el de Macri y se hablaba de prácticamente de todo menos de lo más importante: el fútbol. Habían pasado tantos días desde aquel 2 a 2 en la bombonera que algunos ya tenían la barba crecida, otros habían aumentado de peso con los turrones que ya se vendían por todos lados adelantando cada vez más la navidad, hasta Pavón que se había desgarrado ya corría como una gacela en la estepa africana.

El resto podríamos condensarlo en un time lapse: llegaron los equipos, más declaraciones, más críticas, más bronca desde el Río de la Plata, más fiebre por las entradas cerca del Manzanares. El mercado negro opero muy bien, a pesar que casi quedaron 20.000 asientos vacíos durante la final. ¿Alguien calculó mal? Todos los mediodías y todas las noches el clásico ocupaba espacios preferentes en las secciones deportivas, los españoles menos futbolero descubrieron que Boca Juniors (así con s al final no como en las bufandas que se vendían cerca del estadio) y River Plate son dos de los clubes más importantes del mundo, los más grandes de la Argentina, en ese orden.

El operativo policial y de seguridad nos recordó al de Bruce Willis en aquella película que “cierra a cal y canto” Manhattan. Un impresionante despliegue para los 62.000 asistentes al campo. Argentinos evidentemente, muchos colombianos “de la tierra del patrón” (creemos que Bermúdez), venezolanos, peruanos, muchos uruguayos (seguro que atraídos por ese nuevo crack de Boca llamado Nández), y muchos españoles que literalmente “no nos queríamos perder esta oportunidad”. Un “potpourri” más propio de un mundial que de una final de Libertadores, y con los dos fondos, Norte-River, Sur-Boca (bien ahí) poniendo el color y el calor a la fresca noche de Madrid.

El partido comenzó impreciso, la tensión acumulada se notaba, se sentía, la gente alentaba, los palcos rebosaban de estrellas del fútbol, Messi, Dybala, Griezmann, y así hasta armar otro once contra once; dos uuuuhhhhh claros para Boca, los dos de Pablo Pérez, un arbitro y dos líneas uruguayos para que no olvidemos que el clásico más importante del Río de la Plata se estaba jugando a orillas del Paseo de la Castellana. River con una idea, Boca con menos ideas. Casi finalizando el primer tiempo, una jugada de otro partido, como si la hubiesen enhebrado aquellos que lo miraban desde el palco, 3 pases, un regate con clase, un mano a mano contra un armario, palo y a la bolsa, gol, locura, gargantas rojas, las cuerdas vocales al límite, abrazo de gol, otro abrazo de gol y otro, con los míos, con los que no conocía. Fin del primer tiempo, la alegría nunca dura demasiado.

Segundo tiempo, se encienden las estufas del Santiago Bernabéu, sube la temperatura, dentro y fuera del campo. Aprieta River y llega el empate. Fútbol esencial por la banda, pase, pase, pase, centro y gol. Cualquier hincha de Boca hubiera dicho “se vino la noche”, pero el reloj marcaba que eran cerca de las 22 horas. Expulsión del motor del mediocampo xeneize y Boca se metió en un pozo del que ya no pudo salir. Y el fútbol, que es un juego de desequilibrios enseguida desequilibró para el lado de River. Gol de Quinteros y la noche más oscura se hizo realidad. Calambres, nervios, gritos, cantos, el fondo Sur que nunca nunca dejo de alentar, un foul que parecía lesión y era falsa alarma, un no foul que derivó en lesión grave, las estufas que nos obligaban a quitarnos los abrigos, la emoción que le decía a la razón que descanse, las gargantas moradas, las risas de un lado, los ojos enfurecidos del otro. La heroicidad, porque no hay otra palabra para el uruguayo Nández, el reconocimiento para Gallardo por su idea, más allá de que guste o no, el azar que se alió con River y la mala fortuna que potenció el desequilibrio de Boca. A pesar de todo finalizando el partido y antes del 3 a 1, centros a la desesperada con 8 y medio jugadores casi logran lo que finalmente fue imposible, empate y penales. Quizás hoy estaríamos discutiendo o escribiendo otra cosa.

Celebración en la casa blanca, que es como el Monumental de España, y en Argentina llegaban los hinchas de River al obelisco y empezaban las corridas, los golpes, los gases, el caos, otras vez piedras. Como si no hubiésemos aprendido nada, como si otro equipo, no el suyo hubiese ganado la copa en España y no en su estadio, como si las piedras y la violencia hubiesen pasado en otro país o en otra dimensión paralela. ¿Tendrá arreglo el fútbol argentino? ¿Habrá decisión política para cuidar a una de las mayores factorías de emoción, de ilusión y de pasión del país? ¿Podremos dejar de repetir una y mil veces la misma equivocación? ¿Dejaremos de tropezarnos siempre con la misma piedra? Lo que pasó en Madrid fue un espectáculo para el show business que es el fútbol moderno, pero como hincha argentino deseo que todo este cambalache surrealista haya servido para algo.

Felicitaciones al campeón, que tuvo una idea durante mucho tiempo y fue fiel a ella. También tuvo el factor fortuna, que siempre es muy importante en estas finales de película. Boca terminó con pundonor, algunos en una pierna, otros con lagrimas de bronca. A Boca se lo quiere en las buenas y en las menos buenas, es un amor incondicional, y por eso duele en noches así, pero no por ello se lo quiere menos. Desde la tribuna no sabíamos si poner foco en lo positivo, estar contentos por habernos encontrado con seres queridos en un evento inimaginable en Madrid, o estupefactos ante la hecatombe emocional de no haber podido ganar la final.

Mientras salíamos caminando Castellana abajo, en medio de una noche oscura, fresca y silenciosa intente buscar una palabra que resumiese mi sentir, mi estado de ánimo, probablemente el de la mayoría de hinchas de Boca. Recién la encontré en mi WhatsApp hoy a la mañana. Congoja, esa es la palabra, eso es lo que sentí, lo que todavía siento.

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