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17 de enero de 2020 17/01/20

Atletismo

Louis Zamperini, el atleta más fuerte del mundo

De promesa olímpica a pasar 47 días a la deriva en el Océano Pacífico tras estrellarse con el avión en el que era bombardero en la Segunda Guerra Mundial...y sobrevivir


24 de marzo de 2017 María Carbajo - Sportyou

“Un momento de dolor merece la pena por una vida de gloria. He llegado hasta aquí y no he tirado la toalla porque toda mi vida he terminado las carreras”. Esa frase pertenece a un hombre que pasó de debutar en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 a pasar 47 días a la deriva en el Pacífico tras estrellarse con el avión en el que era bombardero en la Segunda Guerra Mundial. Tras esa extraordinaria experiencia de supervivencia, fue rescatado…para pasar los dos años que restaban de conflicto en un campo de prisioneros en Japón, sometido a torturas y trabajos forzados. Louis Zamperini, de origen italiano pero nacido en Nueva York y criado en California, es el atleta más fuerte del mundo.

La afición por el atletismo le llegó casi por imposición. Su hermano mayor Pete, cansado de ver cómo Louis no paraba de meterse en líos, le instó a que probara a hacer las pruebas de acceso al equipo de la escuela y le ayudó a entrenarse para ello. Las carreras de fondo se convirtieron en su vía de escape y, en apenas unos años, se convirtió en el estudiante más rápido de Estados Unidos: nacía así el ‘Tornado de Torrance’.

Su extraordinaria progresión le llevó, con apenas 19 años, a competir en los 5.000 metros en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. No era la esperanza de medalla estadounidense, para eso estaba Don Lash, pero había levantado altas expectativas. Por aquel entonces, la prueba era de dominio escandinavo, con finlandeses y suecos a la cabeza, pero Zamperini logró algo extraordinario. Tras marchar último casi la totalidad de la carrera, cruzó la meta en octava posición tras lograr el récord mundial de la última vuelta: 56 segundos. Había nacido una futura leyenda. Adolf Hitler pidió conocerle personalmente tras la extraordinaria hazaña.

Sin embargo, en 1941, el ataque a Pearl Harbor marcó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y Zamperini se alistó en el Cuerpo Aéreo de los Estados Unidos. Como bombardero, cumplió exitosas misiones en el Pacífico pero el destino quiso que una operación de rescate acabara siendo una pesadilla: el B-24 en el que viajaba junto a otros 10 soldados se estrelló, matando a ocho de los tripulantes. Comenzaban ahí 47 días en una pequeña lancha de emergencia en los que las inclemencias del tiempo, la ausencia de comida y agua y hasta los disparos de aviones enemigos fueron su día a día.

Todo un milagro que sobreviviera aunque aún le quedaba una durísima carrera por ganar. Tras lograr llegar a tierra firme, fue capturado y enviado a un campo de prisioneros donde malvivía con otros presos de guerra. Condiciones insalubres, torturas y unas tareas diarias que fueron deteriorando su cuerpo. A las extremas condiciones se sumaba la fijación que tenía con él el Sargento Watanabe que a menudo le sometía a palizas y vejaciones.

Pero la guerra terminó y la carrera de Zamperini continuaba. Pese a haber sido dado por muerto por el Gobierno, regresó por fin a casa y llevó una vida feliz, aunque nunca pudo retomar su carrera de atleta. Aunque nunca se sabrá que habría sido de él, un deportista de semejantes condiciones, si el conflicto no se hubiera interpuesto en su camino, aún hoy se le recuerda, no sólo como héroe de guerra sino como histórico olímpico.

El merecido homenaje le llegó en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1998 celebrados en Nagano, precisamente en Japón, el país en el que pasó los años más terribles de su vida. Zamperini fue uno de los relevistas de la antorcha olímpica, que portó con orgullo a sus 80 años.

Un señor atleta que demostró tener asimilado el espíritu olímpico: viajó a Japón para reunirse con sus captores y torturadores y perdonarles a pesar de todo lo que había sufrido. El Sargento Watanabe nunca quiso volver a reunirse con él.

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