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15 de diciembre de 2018 15/12/18

Opinión

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Las últimas horas de Quique


  • 09 de enero
    de 2010
  • Elías Israel

Quique Sánchez Flores nunca había tenido esas sensaciones como entrenador de un equipo de fútbol. Ni en el juvenil del Real Madrid, ni en Getafe, ni en Valencia, ni en el Benfica, Quique había enfilado el túnel del vestuario con la sensación de que su equipo no había competido, de que algunos de sus hombres se habían borrado. La desesperación, a la que él prefirió llamar decepción, le corroía las entrañas. Decidió, como ha hecho toda su vida, ir de frente, decir lo que pensaba. Como un libro abierto, sin la hipocresía que tantos aplauden ahora. Sin borrarse, asumiendo su cuota proporcional de responsabilidad, pero señalando sin tapujos a los otros responsables del escarnio, a los futbolistas.

Profirió palabras durísimas, mentando la falta de profesionalidad de algunos de sus hombres, que no viven para ser futbolistas. Pensaba en Ujfalusi, que se autoexpulsó; en Maxi, que lleva ya demasiado tiempo pensando más en su futuro que en el grupo, que entrena mal y susurra a los oídos de Kun y de Forlán (Quique nunca entenderá cómo alguien así pudo llegar a ser capitán) y buscaba explicaciones al bajón de rendimiento del uruguayo, un ‘expediente X’ con el inconfundible sello del Atlético. De ‘Bota de Oro’ a ‘Pata de palo’.

Al día siguiente, recibió numerosas llamadas de los gestores del club: del presidente Cerezo, con el que habló dos veces; de Gil Marín, el que no se iba a meter en asuntos deportivos; de Suso García Pitarch, el que ha confeccionado esta plantilla. Respaldo velado para pedirle que rebajase el piston de la crítica hacia la plantilla, que dejase enfriar el asunto. Pero lo de Quique en Huelva no era un calentón, ni mucho menos.

Antes del entrenamiento, se echó a la cara a sus futbolistas de nuevo y les dijo punto por punto todo lo que pensaba, lo defraudado que se sentía en lo personal por la falta de compromiso, por la nula atención, por la ínfima solidaridad. La charla acabó con un “ayer le dije a la Prensa lo que sentía, ahora os he dicho lo que pensaba y el que quiera decirme algo, tiene la ocasión de hablar ahora”. La gélida tarde en el Cerro del Espino no era nada comparado con el frío silencio. A conciencia, dejó pasar el tiempo. Fueron cerca de dos minutos interminables. En esos dos minutos se explicaba buena parte de la historia reciente del Atlético a nivel deportivo. “Entiendo que si nadie tiene nada que decir es que estamos todos de acuerdo”, remató. Ni una sola voz.

Seguramente hubiese preferido una reacción, un atisbo de líder, que no existe en ese vestuario.

Hace una semana, les mostró el mítico discurso de Tony D’Amato (Al Pacino) en la película “Un domingo cualquiera” –junto a estas líneas-. Quique quería pensar que sólo era una cuestión de pulgadas, la diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir. “Yo no lo puedo hacer por vosotros”. Pensó que había arrancado un compromismo, pero el Recre no era el Sevilla, el Colombino no era el Bernabéu. Las pulgadas se han convertido en el abismo que ahora le separa de su plantilla. No se va a arrugar. Se agarrará a los comprometidos, a los canteranos que siempre son frutos de la crisis, y al Kun… Si le sale mal, al menos podrá mirarse al espejo cada mañana sintiéndose limpio.

Artículo publicado en el diario ‘Público’ antes del Valladolid 0 – Atlético de Madrid 4

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