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24 de mayo de 2018 24/05/18

Opinión

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Las repercusiones de la guerra del hotel


  • 26 de julio
    de 2009
  • Antonio Toca

Guerras, batallas y escaramuzas. Durante este Tour ganado con poderío, Alberto Contador tuvo que disputar dos guerras, la de la carrera y la del hotel; varias batallas en la carretera, perdidas y ganadas, como Verbier y La Colembiere; un golpe de autoridad, como Waterloo para Napoleón, con la contrarreloj de Annecy; e infinidad de escaramuzas que a modo de guerra psicológica emplearon las nuevas tecnologías y el twitter de rigor, obstáculos para el único objetivo que se había impuesto. Ganada la guerra, realizó Contador la declaración del triunfador, poniendo los puntos sobre las íes, y dejando escapar toda la tensión acumulada con esa afirmación de caminos separados con la que cerró su rueda de prensa.

Ayer, por el Mont Ventoux, la “colina” en la Provenza francesa o el paisaje lunar desde la que se puede ver París, el ciclista de Pinto quiso engrandecer su triunfo. No sólo era compañerismo, mal disimulado, sino cumplir los designios del ciclismo de siempre, del antiguo sin pinganillos, aquel que asigna el valor de un triunfo según los ciclistas que te acompañan en el podio de los Campos Elíseos.

Por primera vez en diez años, Lance Armstorng tendrá que esperar a una fotografía histórica, y a la petición de otro ciclista para que le acompañe y suba con él al lugar del primero. Para alguien tan orgulloso como el tejano supone la primera afrenta en la nueva guerra abierta entre los dos ciclistas de cara al nuevo campo de batalla: Tour 2010. Contador lo sabía, había tejido su plan la víspera, y por eso no quiso ganar ayer la etapa.

Piensa Armstrong, que no tiene en cuenta la reflexión anterior, ni la trampa encubierta que encierra su acceso al podio, que ahora independizado, junto a su inseparable Johan Bruyneel (todo se lo debe a Lance, cierto, pero aquí ha dejado escapar el caballo ganador), tendrá libertad para hacer frente a Alberto, que ahora deberá atender a otros frentes más allá de la carrera y la carretera. En su cabeza, desde Verbier, ha estado analizando las razones de su derrota, y planificando en consecuencia, sin atender a sus sensaciones. El hecho de que tras tres años fuera de competición, haya sido capaz de ser tercero, sin entrenamiento de calidad, o como el dice, con errores de preparación que han afectado a su fondo, y corrigiéndolos, será capaz de ganar en 2010 el Tour, con un equipo entero a sus órdenes y poderoso. Sin embargo, aquí vienen las señales contrarias, los pasos a nivel que la edad y los jóvenes campeones convierten en muescas que van limando la confianza y el físico de los viejos.

Si miramos al atletismo, por poner un ejemplo de otro deporte que vive de la individualidad, una de sus grandes leyendas, Gebreselassie, tuvo que rendirse a la evidencia que su delfín, Bekele, era más rápido y más fuerte, y lo aceptó, aunque fuese en unos Juegos Olímpicos. La edad afecta a la recuperación, y ésta a la acumulación de esfuerzos. La carretera marca la carrera y también su dificultad y nivel de exigencia. Y este Tour 2009 sólo ha tenido una etapa de las de toda la vida, de Tour de verdad, con 4 puertos que marcaron tiempos entre los ciclistas. El ‘tran tran’ de las dos primeras semanas anestesió la carrera, pero por el simple motivo de que, en la carretera, el más fuerte estaba con Armstrong. Si eso no hubiera sido así, y el tejano hubiese sido rival de Contador, en La Colembiere el tiempo perdido habría sido mayor, porque Alberto hubiera entrado a relevar, como ayer en el Mont Ventoux, donde tanto Andy Schleck como él hubieran abierto más camino, y seguramente un tercero se hubiera terminado aprovechando.

Psicológicamente, al revés que los Anquetil, Mercx, Hinault e Indurain, Armstrong ha aceptado su primera derrota. El pasado, en cambio, sigue demostrando lo contrario. Hasta el ‘Caimán’, por Hinault, tan orgulloso o más que el de Austin, se tuvo que rendir ante Lemond, al que pudo escatimar su último triunfo en Francia con una dádiva envenenada, que el americano le devolvió al año siguiente, y que motivó la retirada del último ganador francés de la carrera. A estos grandes campeones no les valía ni ser segundo o podio. Armstrong tenía, por este año, la excusa del que regresa, de su autoestima y valor competitivo, como el Michael Jordan del primer regreso, quien sabía que aún era el mejor, pero no es el caso. Y esos apuntes, no hacen más que sembrar dudas, que sólo el diseño del Tour 2010 despejará y será testigo.

Armstrong, el año que viene, será como el Jordan del segundo regreso, prepotente, creyéndose el mejor, sin mirar la edad del carnet, y sin valorar que a su alrededor hay alguien, baloncestista, ciclista o deportista, mejor que él. La inmortalidad no dura toda la vida. Quizás es eso lo que buscan las leyendas del deporte, sentir la derrota y la mortalidad que les quite el gran peso de su cabeza. Aunque hay un clavo ardiendo al que Lance se agarra. Aquel axioma del ciclismo que dice que todos los grandes campeones tienen ocho grandes vueltas por etapas en sus piernas. A Lance le falta sólo una, en teoría. ¿El problema? Que enfrente tiene a un ciclista de 26 años, tan hambriento, cabezón y duro como él, al que le quedan otras cuatro rondas francesas en las piernas, como mínimo, y que ahora mismo tiene el estigma de la imbatibilidad, de saberse el mejor, en sus piernas y en su cabeza. Y ahí es por donde Alberto Contador va camino de la leyenda. Bebiendo de las fuentes del ciclismo del romanticismo, de la antítesis que defiende Lance. De regresar al lugar que este deporte nunca debía haber abandonado. Y a eso, también nos agarramos los aficionados.

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