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10 de diciembre de 2018 10/12/18

Opinión

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Las pesadillas del River – Boca


  • 25 de noviembre
    de 2018
  • Andy Stalman

Cuando Boca y River dejaron en el camino a Palmeiras y a Gremio para pasar a la final de la Copa Libertadores de América 2018 el plantea fútbol inspiro, hizo un silencio y exhaló una algarabía pocas veces vista. La “súper final”, la “final del siglo”, la “final del mundo”. Era el sueño del periodismo, de los patrocinadores, de las instituciones que rigen este deporte, de los clubes, de los hinchas, era el sueño de una final continental entre los dos rivales íntimos más clásicos del continente.

Tal expectación generó la final que la AFA (la Asociación del Fútbol Argentino) realizó un emotivo video en el que catalogaban de “inexplicable” el hecho que ambos clubes llegasen al mismo tiempo a la final de la Libertadores. Parecía premonitorio lo de “inexplicable”.

El primer partido de la final iba a jugarse el sábado 10 de noviembre en la bombonera. Una tromba de agua se llevó puesta la primer manga de la final que tuvo que posponerse al domingo 11/11. Curiosamente, el resultado del primer partido fue un 2 a 2, dos goles para cada equipo en un partido que dejó al planeta fútbol satisfecho. Goles, pierna fuerte sin mala leche, intensidad, cambios de dominio y de territorio, goles de los 9 de los de antes, tanques potentes que donde ponen el ojo ponen la bola.

Muchos en España me preguntaban que ¿Qué era esto de una final a partido de ida y vuelta? Y les explicaba que esta era la última edición de la Copa Libertadores con esta modalidad. A partir del 2019 es final a partido único.

La “súper final” no podía pedir un escenario mejor: los dos equipos llegaban al último partido, a la final finalísima empatados y los dos con la obligación de ganar o ganar. Los días previos fueron una locura, una montaña rusa emocional, desde Madrid hasta México, desde New York hasta Milán, desde Lima hasta Sevilla, desde Bogotá hasta Londres, la final acaparó portadas, telediarios, grupos de WhatsApp, redes sociales, blogs, el Boca-River se presentaba como el plato principal en el menú del entretenimiento mediático, incluso superando a Netflix.

El periodismo, los patrocinadores, las instituciones que rigen este deporte, los clubes, los hinchas nos frotábamos las manos y nos pellizcábamos para ser conscientes que estábamos despiertos, que era un sueño con los ojos abiertos.

Pero la realidad nos golpeó en la cabeza, una vez más.

Cuando el autobús de Boca dejaba el hotel de concentración, casi no podía avanzar entre tanto hincha que necesitaba “desearles suerte” y pedirles que “traigan la Copa” y que “pongan huevo” y que “aguante Boquita”. El desorden y la falta de coordinación, un clásico de nuestro fútbol y de nuestro país ya se veían.

Las redes sociales ya echaban humo estábamos a horas del comienzo. Y pasó lo que no queríamos creer que iba a pasar. Otra vez el desorden, otra vez el caos, otra vez la violencia, la ineptitud, otra vez la Argentina que te abofetea para que dejes de soñar que es un país que sabe organizar la “final de finales”, que puede y que quiere construir un presente mejor y que además la sociedad lo demanda y lo exige a través del ejemplo de todos y de cada uno. Algunos hinchas de River, una minoría que como siempre se lleva puesta a la mayoría, empezó a lanzar piedras de todo tamaño y desde una cercana distancia al autobús con el plantel de Boca.

En el interior del “micro” (autobús en porteño) los jugadores, como parte de un ritual no escrito, venían entonando cánticos motivacionales para empezar a jugar el partido desde ya, “que vamooo a dar la vuelta en el Monumental”. El video que inmortalizaba la previa dentro del bus capturó el instante en que los cánticos se transformaron primero en silencio y después en gritos desesperados: “¡Llamen a un médico!”. Las piedras, más el gas pimienta, más los nervios, más, cuentan, que el chofer casi se desvanece y si un miembro de la delegación no responde con la inmediatez que lo hizo, esto podría haber acabado en una tragedia mucho mayor.

En esta era digital, los smartphones captaban el momento de la agresión en la llegada al Monumental, tanto desde dentro como desde fuera, y claro, todo se compartía en tiempo real, todo se viralizaba y lo “inexplicable” empezaba a cobrar vida. “La FIFA tiene 211 países afiliados. Hay 210 que son capaces de organizar partidos con hinchadas visitantes; hay uno que no –solo uno que no– y se llama Argentina. La culpa no es exclusiva de las instituciones deportivas: los sistemas de seguridad deberían hacerse cargo, escribió ayer Martín Caparrós en The New York Times en un artículo titulado “un país dañado”. A partir de ese momento la palabra más compartida en las redes fue la palabra vergüenza.

Las informaciones hablaban de presiones de la CONMEBOL y la FIFA para que el partido se jugase sí o sí, simultáneamente la cuenta de Twitter de la CONMEBOL empezaba a tuitear sobre el primer retraso de una hora, luego otro de hora y cuarto, mareando la perdiz mientras los jugadores de Boca aún no se reponían ni del shock físico ni del emocional. El capitán de Boca, Pablo Pérez, salió en ambulancia al Hospital Otamendi para que le revisen el ojo, Almendra y Tévez estaban con nauseas, otros jugadores aún en shock y los dirigentes negociando si se jugaba. Fuera, en los aledaños del Monumental, choques entre la prefectura y grupos exaltados de hinchas, algunos robando coches, otros destrozando cosas, balas de goma, más gas, más caos y dentro más de 60.000 personas esperando saber que iba a suceder.

La indignación fue en aumento. Una vez más lo que debería haber sido una fiesta, una celebración al fútbol, se convirtió en una guerra campal, en un sinsentido, en un sopapo de realidad que no se quería aceptar: que lo que pasaba “nos deja en evidencia como sociedad” como afirmaba el técnico de River, Marcelo Gallardo.

La sensación de hastío, de frustración y de bronca, tristeza para muchos, la resumió de manera tan simple como poderosa Juan Román Riquelme: “Ya no importa el partido”.

Anoche en Buenos Aires, pudimos haber aprovechado la oportunidad para mostrar al mundo que sabemos hacer las cosas bien, que podemos organizarnos y gestionar este tipo de desafíos. Anoche los ojos del planeta fútbol posaban su mirada sobre la capital para disfrutar de la pasión del “súper clásico”. Anoche unos pocos violentos y otros cuantos ineptos le arrebataron al país la posibilidad de disfrutar, de celebrar una final y también de mostrarnos y mostrar al mundo lo que debería haber sido un hito de nuestro fútbol. Pero no.

Gallardo también supo resumir, como buen 10 que fue, lo que sentidos todos, o la mayoría, “todos estamos en un estado de tristeza; vivimos un bochorno general”. Este domingo a las 17 hs Argentina, 21 hs España, se jugará, en principio, el partido, pero nada volverá a ser lo mismo.
Cuando Boca y River ganaron sus sendas semifinales a Palmeiras y a Gremio, nuestro sueño de una final de la Libertadores entre estos rivales íntimos se volvía realidad. Lo que no tuvimos en cuenta fue que como escribió Oscar Wilde “nos prometieron que los sueños podrían volverse realidad. Pero se les olvido mencionar que las pesadillas también son sueños.”

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