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12 de agosto de 2022 12/08/22

Opinión

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La paradoja de Óscar Freire


  • 10 de octubre
    de 2011
  • Daniel Cana

Empeñados en lo fugaz, nacidos, crecidos, enseñados y desarrollados para la velocidad explosiva y terminal, durante trece largas temporadas los mejores velocistas del pelotón internacional tuvieron que convivir (y en muchas ocasiones, ser derrotados) con un igual en profesión pero distinto en métodos y devoción, Óscar Freire.

La carrera del ciclista cántabro corre serio peligro de terminar en los próximos días (el 20 de octubre se cierran las plantillas de los equipos de élite) si no recibe una oferta satisfactoria o si su actual equipo, Rabobank, no le ofrece una renovación que parecía pactada semanas atrás, y que ahora está en el aire ante la indecisión de Freire y la dejadez del equipo, muy similar a la que ofreció a su corredor en la carretera durante estas últimas ocho temporadas.

Freire, el eterno despistado pero siempre el perfecto dominador de las situaciones de competición, inteligente y conocedor de fuerzas propias y ajenas, se vio derrotado de verdad, incapaz de responder, quizá por primera vez en toda su trayectoria, en la última recta de un circuito en Copenhague hace apenas dos semanas, cuando buscaba su cuarto maillot arco iris. El experto cazador de recompensas, el sprinter con esmoquin más que con maillot y culotte, aquel que nunca estaba pero siempre aparecía, se encontró de repente y sin desearlo, a trescientos metros de meta, encabezando el grupo y sin control de la situación. Le ganaron por izquierda y por derecha todos los que habitualmente en los Mundiales le veían como mucho el dorsal. En apenas un par de centenares de metros, Freire pasó de sentirse, por fin, tetracampeón, a ruborizarse con la cara de la derrota, sin reacción y errado en sus movimientos.

Ayer, sin opciones de triunfo en la Paris-Tours al obtener premio una escapada, donde defendía su victoria en 2010, pero esprintando en el grupo por aquello de los puntos, quizá meditaba sus opciones de continuar un año más. El recorrido del Mundial 2012 casi le descarta para el triunfo, pero no así el de los JJOO, en territorio Cavendish. Puede que la última contradicción en una ejecutoria repleta de ellas, desde la forma y momento en que llegaron sus mejores victorias (aquella Milán-San Remo de 2004 en la que mientras Erik Zabel levantaba los brazos Freire se estiraba en la bicicleta para ganar en la línea la primera de sus tres Classicissimas) hasta la repercusión que éstas tuvieron en su propio país.

Y es que si Freire hubiera nacido en Brujas o en Florencia, sería un ídolo de masas. Como Boonen, Gilbert, Cancellara o Bettini. Ya en 2009, en vísperas del Mundial de Mendrisio, también paradigma de que a pesar de sus triunfos ni siquiera la selección le aprovechó totalmente, como un año antes en Varese, resumía su pensamiento así: «No sería ninguna frustración quedarme en tres victorias. Más frustración siento porque no se me haya reconocido en España como en otros países: siempre he tenido que correr en equipos extranjeros, ningún español ha apostado por mí… Y también mirando la fotografía del Vitalicio de entonces me fijé en que la mayoría habían tenido problemas de dopaje a lo largo de su carrera, y yo nunca he tenido el menor problema, pero eso tampoco se me reconoce…».

Salvo que es dos años más viejo, poco o nada ha cambiado. Se retire o afronte el reto olímpico el próximo verano, reconocido o no, Freire logró para el ciclismo español aquello que insinuó en los años 50 Miquel Poblet, el convencimiento, la inspiración, el gusto y la emoción por las carreras de un día y por las clásicas de primavera, la vida más allá de los puertos o del Tour de Francia. Y eso los aficionados sí se lo reconocerán, puede estar bien seguro.

Entrevista Óscar Freire en El País

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