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14 de noviembre de 2018 14/11/18

Opinión

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La final del encierro


  • 28 de mayo
    de 2011
  • Albert Ferrer

Mis recuerdos de aquella final de Wembley se remontan a noviembre del 91, cuando una lesión me pudo haber apartado del año en el que lo gane casi todo: la Liga, la Champions y el oro de Barcelona 92 con la selección española de fútbol. Estuve tanto tiempo trabajando y recuperándome de aquella lesión, que cuando terminó el partido de la final me quede completamente vacío y sólo lloraba de emoción.

En esos momentos no veía nada en especial y no recuerdo tampoco un detalle en concreto. Cuando ascendíamos para recoger la Copa de Europa por esos 21 escalones del palco de Wembley, todos los compañeros nos mirábamos como reconociéndonos. El Barça lo había intentado muchas veces y nosotros estábamos a punto de recoger la primera copa de Europa para el Barcelona y su afición. Todos los que lo conseguimos éramos ya parte importante de la historia del club.

Aquella final fue muy disputada. Muy dura pero sobre todo muy larga. Después de marcar el gol en la prórroga, los 8 minutos hasta el pitido final aún me aprisionan el pecho cada vez que pienso en ellos. No olvidaré jamás la cantidad de horas que estuve en Wembley, interminables horas aunque al final fueran inolvidables. Siempre tendré grabado en mis ojos el colorido de la grada mientras calentábamos en el fondo donde estaban nuestros aficionados. El himno de Barcelona 92 cantado por Montserrat Caballé y Freddy Mercury, aún eriza los cabellos al recordarlo. Las caminatas de Julio Salinas en el vestuario mientras esperábamos, más de dos horas y media, para saltar al calentamiento me han enseñado con el paso del tiempo que no hay que llegar a un partido con tantísima antelación. Como entrenador, nunca lo haré si tengo la suerte de estar en otra final. Es desesperante.

Cuando supe que iba ser titular, los nervios me produjeron una gastroenteritis que gracias a la medicación, me permitieron participar en la final. Eso si, Johan me dijo que yo no iba a jugar pero Mancini tampoco debía de hacerlo: ese fue mi trabajo en aquella final del 92. Recuerdo de aquella final la cantidad de tiempo que pase encerrado en los bajos de Wembley. Primero en el vestuario y después en la sala del control antidopping. Antes de empezar los que disfrutaban eran los aficionados con sus cánticos y con su ilusión. Después, fueron mis compañeros los que se divirtieron con el triunfo alcanzado. Mientras, yo no conseguía liberar la orina que me hubiera permitido cantar con ellos en las duchas. Cuando llegué al vestuario la fiesta estaba ya muy apagada y por eso siempre recordaré aquella final frente a la Sampdoria, como la del encierro más largo de mi vida deportiva. Quizás por eso disfruté tanto de todo lo que vino después y más aún sabiendo todo lo que yo personalmente, desde noviembre del 91, había sufrido para llegar a jugarla.

Hoy espero ver a mi Barcelona de nuevo alzando la Champions. Ese momento también será histórico para el club de mis amores, ya que seremos el primer equipo que haya ganado la Champions en el antiguo y en el nuevo Wembley.

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