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1 de junio de 2020 1/06/20

Opinión

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Justificar a Guardiola


  • 26 de octubre
    de 2011
  • Alfredo Varona

Un día entrevisté a Míchel cuando estaba en el Getafe. Y me dijo que ya casi necesitaba ser un experto en formación, porque “el entrenador es un gestor de RRHH”. Al poco tiempo, leí una entrevista con Caparrós en la que hablaba de una exigencia más. “Hace cuatro o cinco años se decía, “qué bien trabajado tácticamente está ese equipo”, pero ahora eso ya no basta porque hay que ofrecer algo más”. Así que todo lo que popularizó al Milan de Sacchi en los ochenta tal vez ni se notaría en estos tiempos. Pero continúo. Después, cuando escribí ‘Cronistas del tikitaka‘ y le pedí a otro entrenador, Quique Setién, que escribiese el prólogo, entendí aún más esas reacciones inusitadas de Mourinho frente a las cámaras. “Cuando vas a una rueda de prensa después de perder un partido, en la que hay 20 periodistas, algunos en prácticas, te sometes a un bombardeo del que es imposible salir ileso”. Y Quique añadió: “No saben lo que cuesta mantener la compostura”. Por eso ya he desterrado mi ideología de la infancia. Entonces pensaba que el de entrenador era un trabajo más bien sencillo. Al fin y al cabo, un niño no va más allá de los once jugadores que se eligen cada domingo. Y cuando los despedían me enteraba por mi padre, que siempre fue un gran aficionado, que no perdonaban un duro. Así que uno se debatía entre darles el pésame o la enhorabuena. Pero, claro, un niño tampoco se fijaba en sus caras de angustia, en sus pelos y en su jerseys empapados los domingos de lluvia. Al menos, esos que permanecen, que no son todos, petrificados como estatuas en la banda. Y de pie, con lo que cansa estar de pie.

Y lo último, incluso de mayor, que te puedes imaginar es que Guardiola llegue tarde a cenar a casa casi todos los días, porque tiene que ver un vídeo de fútbol más. ¿Acaso eso es un trabajo? ¿Acaso la tarde no es lo suficientemente larga? Pues ya ven, así son los nuevos tiempos, y lo digo con todo el respeto hacia estas gentes, la inmensa mayoría obsesionados con recortar distancias con la perfección. Se ha llegado a un punto en el que los entrenadores ya tienen hasta despachos para pensar a solas (imagino que algo más que el equipo titular o quien tira los penaltis). Y de ninguna manera conciben que sus cerebros sean músculos pacíficos. Y será (imagino) el precio de una responsabilidad que, a mi edad, ya equiparo a la de un padre de familia o, simplemente, a la de realizar un texto contrarreloj. Porque eso estresa, no crean. Y ahí ya no sólo se trata de sentir el valor, sino también de dominarlo. Y, a veces, es tan difícil que uno se encarcela en sí mismo. Y la última frase, que les aporto, es otra que me dijo Luis García y que sitúa al entrenador de hoy: “Mi terapia los domingos por la noche es ir al cine para evadirme de todo, porque si llegas a casa están los resúmenes, las radios… que te lo impiden”. “Y es tanta la tensión”, añadía que, en fin, lo reconozco: el trabajo de entrenador tiene que ser duro, muy duro. Aún sin madrugar.

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