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14 de diciembre de 2018 14/12/18

Opinión

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Invictus: deporte y política


  • 16 de diciembre
    de 2009
  • Daniel Cana

Por muchas polémicas interesadas que puedan surgir al unir ambos términos en la misma frase, pretender disociar el deporte de nuestras vidas cotidianas resulta inútil. En los inicios del siglo XXI, y con la perspectiva de más de sesenta años de todo tipo de competiciones, el profesionalizado, global, multiretransmitido y rentable deporte de nuestros días es uno de los más importantes motores de nuestra sociedad. Como tal, interviene de manera sociológica, económica y también, queramos o no, política.

Hace tiempo, por ejemplo se hablaba del fútbol como “el opio del pueblo”. Puede ser, y es innegable la burda instrumentalización realizada por ejemplo por Mussolini con el Mundial de fútbol de Italia en 1934 o por supuesto imposible de olvidar la vergonzosa exaltación de la supremacía aria en la que Hitler convirtió los Juegos Olímpicos de Berlin de 1936: “La competición deportiva y caballerosa despierta las mejores cualidades humanas. No separa, sino, al contrario, une a los rivales en comprensión mutua y respeto recíproco. También ayuda a fortalecer los vínculos de paz entre las naciones. Que la llama olímpica, por tanto, nunca se extinga”. Esto escribió el genocida alemán como preámbulo en el informe oficial de aquellos JJOO. Lástima que tan bellas palabras fueran una burda mentira al mundo. Afortunadamente, lo único real fueron las cuatro medallas de oro de Jesse Owens ante, supongo, el estupor de toda la jerarquía nazi.

Los tiempos han cambiado, aunque sea de manera lenta y dificultosa, y la opinión pública en la actualidad es, como mínimo, más sensible a ese tipo de manipulaciones pasadas. La historia más reciente nos deja ejemplos edificantes como el Mundial de Rugby de Sudáfrica en 1995.

Esta semana se ha estrenado en Estados Unidos la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood y basada en el libro ‘El factor humano‘ de John Carlin (a principios de enero llegará a España, los interesados tienen un par de semanas para leer el libro y disfrutar más la película). La obra no es ficción, y describe de manera emocionante el ingenio, la paciencia, la modestia pero al mismo tiempo el irrenunciable empeño de Nelson Mandela en acabar con el apartheid sudafricano. Intuitivo como pocos, Mandela, en sus interminables años en prisión, comprendió, sin ser aficionado al deporte, que el rugby, mayoritario en su país, era quizá lo único que podían tener en común negros y blancos en uno de los peores conflictos sociales del pasado siglo. Casi ni siquiera eso, porque el rugby era históricamente patrimonio de los más conservadores y sectarios bóers y visto por los negros como uno más de sus símbolos opresores.

La pasión por su deporte, la conjunción del deseo de ganar y de la cohabitabilidad mínimamente respetuosa, la complicidad de valientes como el capitán François Pienaar y la salida de posturas extremistas por los dos bandos dieron al pueblo sudafricano el inicio de su mejor victoria… y el título de Campeones del Mundo. Nada volvió a ser igual. Es la historia que cambió la Historia. ¿Es ingenuo pensar en el milagro sudafricano como paradigma del correcto aprovechamiento social y político del deporte? No debería serlo, estos hechos son la prueba.

[FLASH http://www.youtube.com/watch?v=E9Ovkye6lac h=400 w=600]

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