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24 de enero de 2018 24/01/18

Opinión

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Guerras mentales


  • 28 de enero
    de 2012
  • Firma Invitada 

Vino Federer y alumbró la cancha. Se apoderó con graciosa majestad del circuito y nadie le hizo sombra hasta que llegó el chico de Manacor. Nadal encontró unas cosquillas que nadie más supo encontrar, un talón de Aquiles a los pies de una figura inabordable. Al principio le robó un torneo, Roland Garros, que realmente Roger nunca había poseído. Luego tuvo la osadía de explicar en la hierba lo que ya había mostrado en la arcilla. Al final hasta le hizo llorar en sus propios dominios, el cemento, y se fraguó una dominancia inmisericorde del español sobre el suizo. Nadal sometió a los demás hasta que el Actor Secundario Número Uno entró en escena. Djokovic pasó de extrovertido outsider a azote de los antiguos señores del circuito, Rafa y Roger, y devoró un torneo tras otro en el año 2011. Nadal soñó con Nole. Vio cómo le ganaba final tras final, no sólo en superficies de saque y volea sino también sobre su tierra batida. Nadal tuvo pesadillas con Djokovic. Curiosamente, sólo Federer logró ganarle un partido al intratable Novak. No siempre ocurrió pero parecía que el suizo había encontrado un resquicio mental que Nadal era incapaz de taladrar. Por su parte, el Actor Secundario Número Dos no podía con ninguno de ellos. Andy Murray movía su zamba figura por todas las semifinales de Grand Slam cargando con el complejo de no haber ganado ningún Major. Era realmente bueno, pero perdía contra el resto de magníficos.

Número uno, número dos, número tres y número cuatro; a excepción de la malograda irrupción de Del Potro, todo se lo han repartido entre ellos. Los puestos se barajan pero las caras son siempre las mismas.

Ocurre que los cuatro son igual de buenos. Tienen el mismo nivel de tenis y lo que los separa o aleja -lo que define los títulos, subir o bajar en el ránking, etc-, es el factor mental. Murray no juega peor al tenis que Djokovic. Son las guerras mentales entre ellos las que han venido delimitando el camino. Se devoran la moral, se minan la autoestima y los reinados pasan a depender de quién ha conseguido dominar psicológicamente a los demás. Ese es el secreto. Los cuatro pelean por lo mismo en dinámicas de jerarquía de enfrentamiento directo. No hay deporte más devastadoramente mental si dejamos a un lado disciplinas agonísticas como el ciclismo; en la pista gana quien más resiste. Nadal acabó con la irrompible seguridad de Federer. Djokovic se coló en la cabeza del incombustible Nadal y le royó sus potencias. Roger encontró una vez, contra pronóstico, el antídoto al tenis vehemente de Nole. Y Murray, de momento, no ha podido con ninguno de ellos en una gran cita. No es más que un equilibrio de fuerzas, habrá otros. Todo puede invertirse si alguno rompe con su particular bloqueo, con su dificultad personal construida. Puede ocurrir si Nadal hace hincar la rodilla a Djokovic, o si Murray prueba por fin el sabor del Grand Slam. Al fin, el tenis de élite es un juego de depredación mental, un pulso que gana el que tenga la cabeza más resistente. Prevalece el que mejor sepa guardarse del desafecto y el trauma. Es cuestión de invertir el orden establecido.

Artículo de Carlos Zúmer

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