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Tenis

Los apagones de Garbiñe Muguruza

Garbiñe Muguruza

Los tres pilares que explican la crisis de juego en la que se encuentra inmersa la tenista después de caer eliminada en el Torneo de Maestras


27 de octubre de 2016 Alex Frutos - Sportyou

Garbiñe Muguruza se despidió del Torneo de Maestras, que se está celebrando en Singapur, cabizbaja y con la mirada perdida clavada en la punta de las zapatillas. La derrota frente a Agnieszka Radwanska en dos mangas dibujó a una tenista perdida en su propio laberinto. Una foto que se ha venido repitiendo a lo largo de la temporada desde que ganó Roland Garros este verano.

La tenista española se encuentra en una peligrosa encrucijada. Los especialistas han rebajado el tono de elogios hacia su tenis y ahora mismo se preguntan si remontará esta depresión de resultados o si se convierte en una figura que se diluyó mucho antes de lo que se pensaba, algo que no es nuevo y que tiene en tenistas como Ana Ivanovic o Eugenie Bouchart a grandes exponentes del subidón espumoso para después diluirse en los puestos bajos de la clasificación WTA. A ella, en todo caso, no parece importarle: «No estoy pensando en ser constante, cada jugadora es como es. Salgo a la pista, intento ganar y dar lo mejor que tengo. Si pierdo, pues pierdo, pero no estoy pensando todo el rato en las victorias o en las derrotas”.

Para entender la situación de Muguruza vamos a establecer tres puntos sobre los que se sustentan los permanentes apagones en su juego, que la han condenado a caer hasta el octavo puesto de la clasificación cuando muchos apostaron a que saldría del último US Open como número 1 del mundo.

1. Su cabeza

Garbiñe es una chica temperamental, para lo bueno y para lo malo. Esa fuerza interior le ha llevado a coronarse en la pista central de Roland Garros y también le ha traicionado para ir acumulando derrotas en cualquier tipo de escenario. La tachan de sufrir ‘bipolaridad’ en la cancha. De llorar amargamente en un cambio de pista a enfrentarse a su entrenador, Sam Sumyk, sin importale los micrófonos abiertos.

Sabe sufrir dentro de la pista, pero le incomoda engancharse en los torneos de menor entidad. En su hoja de servicios presenta unos números muy pobres. Situaremos Roland Garros como punto de inflexión. Después del torneo francés ha sumado 12 triunfos, alcanzando las semifinales en Cincinnati como mejor resultado, mezclados con estrepitosos descalabros como la caída en la segunda ronda del US Open o a las primeras de cambio, como en Mallorca o Wuhan. Con las dos derrotas del Torneo de Maestras, suma ya once después de coronarse en París. “No sé por qué la gente va a esperar que después de Roland Garros gane todos los torneos”, ha dicho esta misma semana.

Antes del torneo galo, Muguruza sumó 18 partidos ganados por 9 perdidos, alcanzando las semifinales en Roma o los cuartos de final en Sttutgart o Doha. Los siete triunfos en la tierra batida de París le han servido para maquillar el año en el balance numérico. Otra cosa bien distinta es lo que significa dicho galardón dentro del circuito.

Que tiene problemas no se le escapa a nadie. Su equipo técnico ha explorado todas las vías para equilibrar su carácter hasta el punto de recurrir a un psicólogo, opción que descartó la tenista. No ubica la montaña rusa en este escenario. Tampoco ofrece una solución en las conversaciones con sus interlocutores.

2. Patrón de juego

Una de las grandes críticas que se le achaca es la falta de un patrón de juego consistente, que haya convencido a la tenista pese a que en un determinado set vaya encadenando errores no forzados. Lejos de mantenerse firme en sus convicciones ‘inventa’ golpes poco trabajados, abocados al fallo sin remedio. Así se ha desenchufado de muchos partidos. Su entrenador la repite una y otra vez que el nivel de su juego es tan alto que no puede depender del rival. Y en esa trampa cae una y otra vez. Su estado anímico se tambalea con excesiva facilidad y llega el bloqueo total.

3. Falta de regularidad

Hay dos expresiones que ponen muy nerviosa a Muguruza. Se molesta mucho cuando le dicen que no es regular en su juego y que le falta constancia en la pista. Esta línea de crítica ha propiciado que cale en el circuito la pregunta ‘¿Garbiñe ha ganado hoy?’, como un hecho extraordinario habida cuenta de que no encadena dos buenos resultados. A sus 23 años se encuentra en un cruce de caminos y hay quien piensa que esta tenista es flor de un día. Sus brazos en jarra, sus pataletas y sus rifirrafes con el entrenador hilvanan un complejo diseño que amenaza con rajarse de la cabeza a los pies.

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