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12 de diciembre de 2019 12/12/19

Opinión

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‘Evasión o victoria’


  • 03 de junio
    de 2009
  • Juanen Gonzálvez

Hablar de cine y establecer lazos de unión entre el séptimo arte y, por ejemplo, el fútbol, nos lleva a hablar de muchas cintas que han pasado a la historia de los aficionados. Si sólo tuviéramos cinco segundos para recordar el título de una de ellas, sin lugar a dudas habría un gran consenso en “Evasión o Victoria”.

La película está dirigida por John Huston (Victory, 1981), autor de obras tan reconocidas como “La Reina de África” o “El Honor de los Prizzi”, aunque la crítica especializada nunca ha visto como una de sus mejores obras esta cinta. Cierto es que tiene fallos patentes y evidentes, por ejemplo el vestuario o el maquillaje que utilizan es el propio de cuando se rodó la película y no de cuando se supone que se desarrolla la acción, esto es, principios de los años 40 en plena Segunda Guerra Mundial.

Otro punto flojo de esta película es la actuación como portero de Sylvester Stallone. Sly, como le conocen sus más cercanos, venía de triunfar con “Rocky” tan sólo unos años antes y quería ser la estrella de la película como fuera. Primero rechazó las clases de Gordon Banks, portero que había sido campeón del mundo con la selección inglesa. Después no paró de presionar para que él fuera el héroe de la película marcando el tanto que le daría la victoria al bando aliado. El resto del reparto tuvo que convencerle de lo absurdo de su idea, pero al final se salió con la suya y logró que incluyeran la escena final del partido, donde se erige como salvador del equipo al detener un penalti a los nazis.

Stallone iba de estrella en el rodaje y no se hizo amigo precisamente de sus compañeros. Mientras Michael Caine y Bobby Moore conversaban sobre fútbol al calor de un buen whisky de malta, Silvestre se dedicaba a conocer Londres y París. Tal fue su arrogancia que ni siquiera llegó a reconocer a Pelé, que desempeñaba el papel de Luis Fernández en la película. Alguien le tuvo que decir con quién iba a rodar y, cuando lo hizo, a Stallone no se le ocurrió otra cosa que retar al mítico jugador brasileño a una apuesta. Ésta consistió en que Pelé lanzó diez lanzamientos desde el punto de penalti y el actor norteamericano se jugó mil dólares a que pararía al menos cinco de ellos. El resultado fue claro y contundente: Stallone no paró ni siquiera uno y además se rompió un dedo en uno de los intentos.

En su descargo también diremos que Stallone se empeñó en hacer su personaje creíble y redujo su peso drásticamente para pasar de ser Rocky Balboa a Robert Hatch. También hay que apuntar que le puso tanta pasión a sus actuaciones que rechazó usar un doble y, aunque muchas de las escenas carezcan de la coordinación necesaria para un portero, el norteamericano sufrió una dislocación de hombro y se hizo una brecha en la ceja durante el rodaje.

Como ya hemos comentado en la película se entremezclaron los actores y los futbolistas de renombre. En cuanto a los primeros, destacamos la presencia y la actuación de Michael Caine y Max Von Sydow. Caine procede de la escuela británica de actores con todos los matices positivos que ello conlleva, mientras que Von Sydow parece haber pactado directamente con la muerte desde que realizara en 1957 “El Séptimo Sello”, de Ingmar Bergman o el mismísimo diablo cuando fue el sacerdote de “El Exorcista” en 1973.

De los futbolistas ya hemos reseñado que Pelé interviene en el film haciendo de un jugador de Trinidad y Tobago (aunque pudiera haber sido de Brasil, puesto que fue el único país sudamericano que tomó parte en la Segunda Guerra Mundial, llegando a enviar cerca de 30.000 soldados a la contienda). Edson Arantes do Nascimento no sólo actúa en la película, razonablemente bien, por cierto, sino que además fue el asesor de las escenas futbolísticas de la película. Quizá por ello rinde un consciente homenaje a Franz Beckenbauer, cuando el mítico jugador alemán tuvo que jugar con un brazo pegado a su lesionado pecho en el partido contra Italia en el Mundial de México de 1970. El encuentro era de semifinales y, a pesar de contar también con otros jugadores como el Torpedo Müller, Alemania Federal no pasa del empate a uno frente a los transalpinos. La prórroga rozó la épica y acabó 4-3 a favor de Italia, siendo incluso considerado este encuentro como El Partido del Siglo. La campeona final del Torneo fue la Brasil del propio Pelé.

Otros futbolistas de renombre también participaron, como es el caso del legendario campeón del mundo con Inglaterra, Bobby Moore; el también campeón mundial pero con Argentina, Osvaldo Ardiles; o Kazimierz Deyna, un centrocampista polaco de gran fama en su país. El resto de jugadores de los aliados y los nazis fueron seleccionados en un casting por el ex técnico del F.C. Barcelona, Bobby Robson. El entrenador inglés dirigía por entonces los designios del Ipswich Town británico y fue quien decidió cuáles de sus pupilos formarían parte del rodaje.

Y si alguien pensaba que este partido sólo se podía producir en el cine, estaba equivocado. La historia fue real aunque ligeramente distinta. Durante la Segunda Guerra Mundial hicieron prisioneros a casi la totalidad del equipo del Dinamo de Kiev de la antigua URSS. También es verdad que fue un oficial alemán el que se fijó en ellos para proponer una serie de partidos con militares de bases aéreas cercanas. A pesar de los pesares, los trabajos y las penurias que les hicieron pasar, los prisioneros consiguieron imponerse en todos los encuentros. Desgraciadamente, esta historia no tiene final feliz y, en el último de los choques que disputaron, los jugadores del Dinamo fueron casi todos fusilados por los perdedores.

En cuanto a las localizaciones, hay que hablar del campo donde se celebra el partido. Los campos en los años 40 todavía no tenían luz artificial y a la hora de rodar la película se planteó el problema de que ya casi no quedaban estadios que no tuvieran las típicas torretas de luz. Pero Huston quiere recrear el Stade de Colombes francés que pocos años antes de la Guerra había albergado la final del Campeonato del Mundo de 1938 entre Italia y Hungría, y que los italianos se llevaron por 4-2. Al final se encuentra el estadio adecuado en el vetusto feudo del MTK de Budapest y se llena con los extras seleccionados de las 250.000 personas que se presentaron para estos papeles.

La música de la película correrá a cargo del estadounidense Bill Conti. Ya había estado nominado por la banda sonora de Rocky y en esta película se volvió a quedar a las puertas del Oscar, a pesar de lograr una melodía tan sencilla como brillante y de las que difícilmente se podrán olvidar una vez que se escucha. La estatuilla le llegaría poco tiempo después, en 1983, por “Elegidos para la Gloria”. Pero no sólo destaca la banda sonora de “Evasión o Victoria”, sino también la sonorización de la película. Pocas o ninguna vez se ha escuchado una marsellesa tan potente, tan visceral y tan compacta. Pocas o ninguna vez un grito de victoria ha desgarrado el aire de esa manera. Pocas o ninguna vez ese grito ha dado paso a un silencio tan ensordecedor que puede hacer estallar los tímpanos. Sin lugar a dudas, éste es uno de los puntos más fuertes del film.

“Evasión o Victoria” nos cuenta la historia de un campo de refugiados nazi de la Segunda Guerra Mundial, donde los aliados sobreviven como pueden. Una de sus principales distracciones es el balompié, que suelen practicar a menudo para matar el tedio de las horas muertas. Los entrenamientos sencillamente son de pena, con un balón que más parece una patata, un terreno de juego que causaría una plaga de lesiones en cualquier equipo y unas equipaciones que dejan mucho que desear.

Dirigidos por el Capitán John Colby, un jugador de la Premier inglesa que ha visto interrumpida su carrera por la Guerra, el improvisado equipo se ve sorprendido por la proposición del Mayor Karl Von Steiner. El oficial nazi también ha jugado al fútbol en Alemania y, aparte de opinar que la Guerra es “un error lamentable”, punto en el que coincide con Colby, ofrece una de las frases de la película:

“Las naciones deberían resolver sus diferencias en un campo de fútbol. Sería lo más lógico ¿no?”

El encuentro, inicialmente, debería celebrarse entre los prisioneros y un equipo de la Wermarch pero, cuando llega a los oídos de altos mandos militares la noticia sobre la celebración del choque, todo cambia. De hecho, pasa a ser un partido de una selección alemana contra una selección de aliados, que será utilizado por los primeros como elemento de propaganda del régimen.

En medio de esta historia coral y deportiva se entremezcla otra individual y extradeportiva. Robert Hatch es un capitán del ejército estadounidense famoso por su egocentrismo y por sus ansias de huída del campo. Goza del beneplácito de la plana mayor aliada del campo por su valentía pero, para su nuevo plan de escapada, tendrá que superar un escollo: infiltrarse en el equipo de fútbol. La razón es que las duchas desde las que quiere iniciar su huida han sido asignadas al equipo de fútbol, que goza, ahora, de un régimen privilegiado con respecto del resto de prisioneros. Hatch intenta colarse como jugador de campo, pero es rechazado por ser agresivo y totalmente incapaz. Aunque primero encuentra su hueco como masajista y posteriormente como portero suplente, posición desde la que más o menos se defiende.

Hatch conseguirá su objetivo de fuga y logrará llegar incluso hasta París, pero tendrá que dejarse detener para avisar a sus compañeros del plan que la Resístanse gala tiene para el equipo de los aliados: la evasión. El problema es que Hatch no podrá comunicarlo, a no ser que salga de la celda de castigo en la que se encuentra desde su vuelta al campo de concentración. Mientras tanto, Colby y sus seleccionados, donde se encuentran tres ingleses, un irlandés, un holandés, un argentino o un jugador de raza negra de Trinidad (y Tobago), entre otros, continúan su puesta a punto, con total desconocimiento del plan que les tienen reservados. Cuando Colby se entera, rechaza totalmente la idea, aunque sus jefes le convencen de que su deber es tratar de fugarse. Para sacar a Hatch de su aislamiento, tendrán que tomar una solución dura y dolorosa. El portero titular del equipo se dejará romper el brazo para que el norteamericano ocupe su puesto.

Hecho el sacrificio, el equipo viaja hasta París al estadio de Columbus. Allí se celebrará el partido, aunque no con todas las garantías. Los nazis no quieren que se les estropee el factor propagandístico y por eso se aseguran de que el arbitraje les sea favorable y que no peligre su victoria, aunque esta circunstancia no agrade al Mayor Von Steiner, que prefería un encuentro limpio.

El encuentro comienza con el arrollador juego nazi que les sitúa al descanso con un contundente 4-1. Los germanos se han empleado con fuerza, llegando a lesionar a dos de los jugadores aliados y se han aprovechado de la indolencia arbitral para exprimir al contrario. Aun así, los aliados consiguen marcar un tanto que, dadas como están las cosas, les sabe a gloria.

Pero llega el momento clave, los jugadores acuden al vestuario en el intermedio, instante en que la resistencia accede al recinto a través de una bañera instalada en el mismo. Los jugadores están desconcertados y sólo Hatch y Colby les conminan para acceder cuanto antes al túnel del alcantarillado que les llevará a la evasión. Pero, sorprendentemente, la reacción de los futbolistas es la de querer quedarse porque piensan que pueden ganar el partido. Colby trata de disuadirles en principio, pero pronto se contagia de su entusiasmo y decide presionar también a Hatch para que no huya. El portero está decidido a marcharse pero Colby le deja claro que si él se va se tienen que ir todos con lo que la decisión es a todo o nada.

Para sorpresa de los miembros de la resistencia y los militares aliados que están en el campo, los jugadores vuelven al terreno de juego. La moral es máxima y el pitido con el que comienza la segunda parte marca también el de la remontada. Mediada la reanudación del choque el marcador se ha comprimido hasta el 4-3, justo cuando el jugador de Trinidad, Luis Fernández, que se había tenido que retirar por recibir un fuerte golpe que, con mucha probabilidad, le había fracturado una costilla, pide volver al campo. Fernández es un jugador habilidoso que maneja el balón con maestría en sus pies y que incluso es capaz de hacer increíbles malabares con el cuero.

Su presencia equilibra el choque y, aunque los jugadores nazis intentan lesionar de gravedad a Fernández, propinándole golpes en su maltrecha costilla, no pueden evitar que iguale el partido. El balón vuela desde la banda derecha en un centro que sale alto, muy alto, superando a varios defensas del conjunto alemán. Fernández consigue colarse entre los centrales y, con una habilidad acróbata, remata de chilena, logrando todo un golazo. Columbus, que está atestado por aficionados franceses, estalla en un griterío ensordecedor pero un hombre se queda reflexivo en la grada. Se trata del Mayor Von Steiner que repasa en su mente varias veces la jugada hasta que, en un acto de valentía sorprendente, no duda en alzarse con su traje del ejército alemán plagado de condecoraciones y aplaudir el tanto del jugador negro.

No hay quien pare a los aliados que ponen la directa hacia la remontada y el quinto tanto en el marcador, que llega pocos minutos después. Sin embargo, y cuando ya todo el mundo celebra la victoria, un banderín se eleva desde la banda. El árbitro ha pitado un discutido fuera de juego que deja sin efectividad el tanto aliado. Para más INRI, en la jugada siguiente, ya en el tiempo de descuento, señala una pena máxima más que dudosa a favor de los alemanes.

Baumann, jugador estrella y capitán del equipo nazi, se dispone a lanzar el penalti. Enfrente el inexperto y tosco Hatch al que la camisa no le llega al cuerpo y los tres palos le quedan enormes. Cuatro pasos en carrera antes de que el interior del pie derecho del alemán lance el esférico hacia la izquierda del cancerbero. Hatch se estira y no sólo consigue detener el balón, sino que lo ataja entre sus manos.

La locura desborda el estadio. Todos los jugadores aliados acuden a abrazar a su héroe, mientras que en las gradas los aficionados desbordan a la seguridad militar y comienzan a invadir el campo. Las camisetas de los aliados se pierden en la inmensidad de la masa, mientras los jugadores son cubiertos por abrigos, boinas y demás prendas de calle.

Al final. EVASIÓN Y VICTORIA.

Ficha técnica
Director: John Huston.
Guión: Yabo Yablonsky y Evan Jones.
Música: Bill Conti.
Director de Fotografía: Gerry Fisher.
Edición: Roberto Silvi.
Duración: 117 minutos.

Desentrañamos ‘Evasión o victoria’ junto a Carlos Marañón, director de la revista ‘Cinemanía’ e hijo del recordado delantero de Espanyol y Real Madrid.

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