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19 de noviembre de 2018 19/11/18

Opinión

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‘Er Beti manque gane’


  • 15 de diciembre
    de 2010
  • Iván Castelló

El Betis. Vuelve el Betis, un clásico popular del fútbol español. Y, como siempre, diferente. Arrasa en la Liga Adelante, que nunca será su categoría, y se desangra en luchas intestinas con la alargada sombra todavía de Lopera y sus secuaces. Es así la convulsa vida de la institución bética, una suerte de más que un club de fútbol en Sevilla, una forma de vida en blanco y verde, en andaluz de mantel y olivar, de pureza y campo. Ese Betis ahora reducido al olvido frente a su oponente ciudadano que comienza no obstante a perder categoría, el Sevilla del siglo XXI, el osado que le ha disputado jerarquía a Barça y Madrid.

Conviene recordar que el Betis ha sido cosa seria. Primer campeón liguero, la única rivalidad que le interesa, así formaba un Betis 1934/35 sin continuidad en el éxito: Larrinoa, Adolfo, Gómez, Unamuno, Urquiaga, Lecue, Areso, Saro, Peral, Timimi y Aedo. Porque la travesía por el desierto, sin ser crítica porque mal de muchos consuelo de tontos pero consuelo al no despertar tampoco el Sevilla, duró en realidad hasta 1977, cuando en una final de Copa inolvidable, por vieja y por emocionante, Esnaola le ganó los penaltis a Iríbar.

Un Betis entonces de cromos, con Landinsky, Muhren, Eulate, Rogelio, Bizcocho, Biosca, Alabanda, Cardeñosa, Megido, Sabaté, Benítez y así otros cuantos, que se instaló como un equipo de toque y arte, que aunaba forma de ser con hacer sentir bien.

Y así entró el Betis en la historia moderna, con proezas europeas que no fueron tales pero con Meyba en la camiseta, con el denominado Euro Betis que dio paso a un equipo ascensor y que perdió a su mejor canterano, Rafa Gordillo, gran bético pero que le dio los mejores años de su vida a otro, al Real Madrid.

Llega la época del Betis de bisutería, de posibles con jugadores como Poli Rincón, Gabino, Parra, Calderón y Pumpido, y de Manuel Ruiz de Lopera como supuesto salvador del club en 1992. Llega el ascenso en Burgos del 93 y el tercer puesto de la 94/95, una cosa sin igual con Jaro, Vidakovic, Aquino y el bien fino Cuéllar, otro que de tanto bético que era se fue al Barcelona. Y, de ahí, a Serra Ferrer, el contrapeso a las excentricidades provincianas de Lopera, a la final de Copa perdida contra el Barça de Amunike, al sombrero de Finidi, a las interminables obras del Ruiz de Lopera, que hasta del nombre del estadio Benito Villamarín se apropió el dueño de la manzana de la calle Sierpes. Y más, mucho más, con las eras marcadas por jugadores como Alfonso y Joaquín hasta la final de Copa de 2005 ganada ante Osasuna con gol de Dani.

Desde la impunidad de ese doping de Estado que sigue siendo la presidencia de un club de fútbol, el personaje Lopera, una suerte de prestamista/bromista, la antítesis de la modernidad, instaló una autocracia que va llegando a su fin sin llegar del todo. Y es que “er beticismo” no se lo merecía. Como tantos otros inocentes.

Iván Castelló es periodista en Prisa

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