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7 de julio de 2022 7/07/22

Ciclismo

El Tour implacable

El darwinismo convertido en carrera ciclista. Solo conforme a sus propias tradiciones, irrespetuoso y cruel con todo lo demás, el Tour 2011 termina tras tres semanas en las que, convertido en un ente superior, dominando las leyes del clima y de la gravedad, no hizo prisioneros y obligó a los protagonistas a mantener un nivel […]


24 de julio de 2011 Daniel Cana - Sportyou

El darwinismo convertido en carrera ciclista. Solo conforme a sus propias tradiciones, irrespetuoso y cruel con todo lo demás, el Tour 2011 termina tras tres semanas en las que, convertido en un ente superior, dominando las leyes del clima y de la gravedad, no hizo prisioneros y obligó a los protagonistas a mantener un nivel de atención que bordeó por momentos la locura.

Durante la primera semana las caídas y los accidentes eliminaron a favoritos llamados a desempeñar un papel destacado: Klöden, Brajkovic, Horner, Wiggins, Van den Broeck, Vinokourov, Boonen, todos a casa a las primeras de cambio, via ambulancia y hospital, víctimas de un ritmo en el llano que no permite que todos pasen por el mismo lugar al mismo tiempo. La física del asfalto.

El Tour de los tiempos recientes exige además fidelidad absoluta y dedicación completa. Celoso de las exhibiciones de Alberto Contador en el Giro, despojó a su verdadero patrón de la ágil pedalada de siempre y no permitió que dominara las montañas alpinas. En un inmediato acto de contrición, mostrando un arrepentimiento espontáneo para mostrar sinceridad y respeto, apenas se habia bajado de la bicicleta en la meta de Paris, Contador ya lo dejaba claro: «El año que viene volveré para ganar y me centraré en exclusiva en esta carrera, la más importante de todas. Al Giro nunca más». La última frase, excesiva, proclama una lealtad que desemerece injustamente el prestigio que le devolvió la carrera rosa tras el caso del clembuterol.

A los hermanos Schleck el Tour les concede protagonismo y brillantez, el Tourmalet el año pasado y el Galibier este, pero al tiempo les carga con una pesada mochila en forma de segundos puestos recurrentes y cierta carencia de instinto asesino. Andy tiene tiempo. Frank le seguirá acompañando unos años más y los dos deben aprovechar las lecciones de este año, sobre todo cuando espere les una contrarreloj en las últimas etapas. También puede que Voeckler haya debido luchar contra el insomnio alguna noche pensando en que con un poco más de frialdad en el Télegraphe quizá hoy hubiera subido al podio.

Incluso a vencedores compulsivos como Cavendish y Gilbert, el Tour les hace pasar por algún tramo amargo. Al primero, pese a ser incontestable ganador en los Campos Elíseos por tercer año consecutivo, cinco triunfos en total, le cruzó un día en el camino a Farrar y, sobre todo, otro a Greipel, para que le derrotaran en su elemento obligándole a contener, por poco que sea, su estupendo ego. Al campeón belga, por su parte, hacerle sentir en sus propias piernas lo que él intimida a los demás en primavera; quiso el maillot verde y no pudo ganarlo. Samuel Sánchez sí se lleva orgulloso el de la montaña y Luz Ardiden consigo, pero dos lunares adicionales, de gran mérito pero tambièn dolorosos, los segundos puestos en Plateau de Beille y Alpe D’Huez, donde tenía piernas para ganar y no lo hizo.

Solo Cadel Evans sale completamente victorioso en su lucha contra el Tour. Le ha costado años de sufrimiento, derrotas, infortunios y una pesada leyenda urbana de corredor cobarde y mediocre. Es un peaje elevado, pero se lleva la victoria y el reconocimiento general, más allá de los incorregibles de la patria. El premio a la honestidad ciclista. El Tour es implacable pero no está ciego.

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