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14 de diciembre de 2018 14/12/18

Opinión

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El Proceso


  • 14 de diciembre
    de 2009
  • Daniel Cana


En el derby barcelonés del pasado sábado, un agarrón del defensa españolista Baena sobre Xavi Hernández supone un penalty que decide el partido (1-0). Pese a que sólo los dos mencionados protagonistas saben realmente la intensidad de la acción, el hecho está tipificado como falta en el reglamento. Y pese a que seguramente, para cualquiera que haya jugado alguna vez al fútbol, es evidente que la intervención de Baena no impidió a Xavi seguir la jugada, las reacciones son desmesuradas e injustas. Los editoriales en la prensa hablando de “ayuda inadmisible” al Barcelona, los tristemente célebres conceptos interesados y ventajistas de Villarato y los grotescos debates radiofónicos por ejemplo en programas deportivos tan razonables y habitualmente educados como el “Tú Dirás” de RAC1 dejan en muy mal lugar a los periodistas deportivos, una vez más.

Peor incluso quedan los profesionales, los futbolistas del Espanyol que justifican su inferioridad con una jugada puntual y obvian la veintena de faltas cometidas en el partido u olvidan lo ocurrido en el no partido del año pasado, donde cometieron más infracciones todavía y disfrutaron de un partido con superioridad numérica por una injusta expulsión de Keita en la primera parte. Entonces no se les escuchó hablar de “jugada que ha cambiado el partido”.

Casi al mismo tiempo, el presidente, el director general y, con otro estilo pero con el mismo fondo, el entrenador del FC Barcelona, critican al Estado español por no permitir que la expedición azulgrana pueda volar a Abu Dhabi, sede del Mundial de Clubes de la FIFA, sin hacer escalas. Se permiten juzgar la decisión de Aviación Civil cuando el avión pertenece a una aerolínea turca (recientemente contratada por un generoso contrato de patrocinio) y por tanto la escala en Estambul es obligatoria. La indignación se produce antes del viaje y después nos enteramos que el tiempo de la parada apenas llegó a una hora.

Paralelamente, mientras el líder de la Liga deja España, el segundo clasificado pierde por lesión de ligamentos a uno de los jugadores con un físico más imponente de toda la competición, Pepe, en una desafortunada acción en solitario. El sustituto del portugués en el partido, Garay, decide la victoria en Mestalla para el Madrid con un gol con la coronilla, de espaldas a la portería y sin levantar los pies del suelo. Dos horas antes, la directiva del Real Zaragoza despide a su entrenador, Marcelino, con toda La Romareda clamando por su continuidad y en cambio por la salida de los responsables de la gestión del club.

En los otros dos campeonatos que compiten por la supremacía europea con la Liga española, Premier League y Calcio, sus mejores equipos son incapaces de ganar sus partidos ante rivales inferiores: Chelsea, Manchester United, Tottenham, Inter, Juventus y Milan. El dueño de este último club, Berlusconi, es agredido tras un mitin político y de manera casi instantánea surgen diversos grupos en la red social Facebook mofándose del ataque confundiendo la crítica necesaria con la ausencia de civismo.

En 1925, un año después de su muerte y contra sus deseos en vida, es publicada la novela El Proceso, de Frank Kafka, por iniciativa de su amigo y albacea Max Brod. En ella, el autor va dando forma a una serie de hechos consecutivos y aparentemente irrelevantes que, adornados por el mayor de los absurdos, legitiman sin embargo toda una denuncia ante la ausencia de cordura y de justicia. El fútbol parece condenado a discurrir en un interminable proceso cuyo final es difícilmente predecible pero, mientras tanto, su desarrollo se convierte en muchas ocasiones en insoportable.

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