Archivo
13 de noviembre de 2018 13/11/18

General

El periplo mexicano de Pep Guardiola y Juanma Lillo


4 de marzo de 2010 - Sportyou

En 2006, Pep Guardiola colgó las botas tras cuatro meses en los Dorados, un desconocido equipo artificial de la liga mexicana. Unos meses antes, un millonario local de la construcción, Eustaquio de Nicolás, lo había comprado, rebautizado y trasladado de Zihuatlán a Sinaloa, una de las ciudades más violentas de América Latina. En los cuatro meses escasos que Guardiola jugó allí, se produjeron 170 homicidios. Una cifra algo por debajo de la tasa habitual.

¿Qué llevó a una estrella del fútbol europeo a retirarse en un lugar así? Ante todo, su amistad con Juanma Lillo. El triunfo de Joan Laporta en las elecciones de 2003 les impidió coincidir en el Barça como entrenador y secretario técnico, como constaba en los planes del candidato derrotado, Lluís Bassat. Este sábado, Guardiola y Lillo se verán las caras en el estadio de los Juegos del Mediterráneo.

[FLASH http://www.youtube.com/watch?v=5o5Nw_dj_B4 w=640 h=385]

“Dios dirá si algún día podemos volver a trabajar juntos”, responde Lillo a Sportyou. El entrenador tiene claro que Guardiola vovlería a confiar con él sin dudarlo: “Cuando yo no tenía la vitola de ganador, Pep creyó que lo mejor era que yo fuera el técnico de aquella candidatura. Creo que no hace falta nada más”. Lillo asegura que ambos coinciden en un aspecto: “Pep, como yo, linda los extremos. Pep vive un tiempo en los extremos pero regresa. Es muy inteligente”.

De los cuatro meses de Guardiola en México, alojado en el hotel Lucerna, se ocupa este mes la revista ‘Esquire’, que reconstruye parte de su periplo en un amplio reportaje.

“Pep vino a jugar por mí, no por dinero”, aclara Lillo; “él sabía que venía al fin del mundo, que no había vestuarios en el campo de entrenamiento… La llegada fue bastante dura. Ahora hablarán bien de nosotros, pero nos recibieron muy mal. Eran todo sospechas. Decían que venía a por la pasta, que Sinaloa era como un cementerio de elefantes, como una jubilación de oro. A lo mejor fue por el hecho de ser extranjeros. No sé, rápidamente vieron que Pep no venía en plan estrella y que como persona era espectacular”.

Guardiola hacía vida en La Cocinita del Medio, su restaurante favorito, o en el Café Miró: “Hablaba de todo menos de fútbol. De libros, de arte, de viajes…”, recuerda Rodolfo Giménez, propietario del local y amigo de Pep, que le regaló la novela ‘Soldados de Salamina’. “Le gustaba el ambiente populachero pero tenía gustos refinados”, cuenta. “Sabía que estaba de paso. Despotricaba contra el sistema, contra la corrupción. No confiaba en la liga mexicana”.

La breve etapa de Lillo y Guardiola tuvo un punto final amargo. El Dorados de Sinaloa perdió la categoría. Sus resultados no fueron tan malos, pero así lo dictó un enrevesado sistema de descensos que tenía en cuenta los partidos de las temporadas anteriores. Además, Lillo siempre ha apuntado a los oscuros intereses empresariales en una competición con varios equipos controlados accionarialmente por la cadena Televisa. “Esto es una farsa”, exclamó Guardiola en una entrevista, cuando aún las concedía; “Hay muchos equipos que juegan por nada. Saben que, incluso perdiendo todos los partidos, no van a bajar”.

En los Dorados, sin embargo, guardan un gran recuerdo de ambos, Lillo y Guardiola. El próximo sábado, antes del Almería-Barcelona, ambos recibirán un trofeo conmemorativo de los representantes del club mexicano, desplazados a España con ocasión del feliz reencuentro.

Suscríbete a nuestro newsletter

Volver arriba