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7 de julio de 2022 7/07/22

Ciclismo

El monólogo de Andy

No hay mejor antídoto a un exceso de palabrería que permitir, durante más de seis horas, que las voces callen y solo se escuche el grito sordo del público evaporándose entre las montañas de los Alpes. Los pedales y las bielas sustituyendo a las quejas y a las excusas. La emoción del directo empequeñeciendo la […]


21 de julio de 2011 Daniel Cana - Sportyou

No hay mejor antídoto a un exceso de palabrería que permitir, durante más de seis horas, que las voces callen y solo se escuche el grito sordo del público evaporándose entre las montañas de los Alpes. Los pedales y las bielas sustituyendo a las quejas y a las excusas. La emoción del directo empequeñeciendo la cháchara de las previas.

En mitad del ascenso al Izoard, a más de sesenta kilómetros de meta, con el Galibier esperando, Andy Schleck gira la cabeza a su izquierda para captar la atención de su hermano con un silbido. Es el momento. O’Grady y Voigt comienzan a tirar del grupo, lo que supone el inmediato adiós de sus compañeros Fuglsang y Gerdemann. Ya no importa. Leopard es el mejor equipo del Tour pero los Pirineos les demostraron que Cancellara no está a tope y que ya no pueden atomizar la carrera con vistas a un ataque de último puerto. Así que esta vez lo han previsto y Posthuma y Monfort están, esperando órdenes, en la escapada delantera.

Sí, es el momento. Andy Schleck se abalanza sobre la montaña con un ataque demoledor, de viejo ciclismo, de ese que cada año rellena más páginas pero cubre menos kilómetros. El resto ni se plantea seguirle. Ni una mueca. Nada. Está demasiado lejos, piensan, o prefieren pensar. Andy camina, con ese fondo puesto a punto en las subidas de la Vuelta a Suiza, con esa agilidad que hemos visto en los Tours de 2009 y 2010 y que la propaganda parecía haber olvidado.

Los segundos caen más rápido que la arena en un reloj alimentado por ella. La brecha crece subiendo y tras coronar el Izoard Andy ya se ha encontrado con su compañero Monfort, justificando así toda una táctica. El peligro para ellos comienza ahora, en el tramo llano desde Briançon hasta el inicio del Galibier, por la vertiente del Lautaret. Con los restos de la fuga inicial como elementos testimoniales, Monfort dispara a su líder, tirando un cuarenta por ciento del tiempo en cabeza. Andy no guarda nada y le releva con hambre, otro tercio del total, cara al viento. Por detrás, el grupo, inválido, tierno, sin fuerza y sin ideas, apenas persigue por Euskaltel, por algún gregario de BMC y por Dani Navarro durante breve espacio. Evans y Contador ni aparecen. Uno, frío, espera y espera. El otro, frustrado, sabe que no es el día.

A diez kilómetros de meta, comienza el Galibier. Repleto, árido, abrupto, áspero, ventoso, en su imponente centenario como morada del Tour. Por un momento la ventaja de Andy se ha aproximado a los cuatro minutos y medio, cuando Evans da el paso. Mientras Contador lo había intentado un par de kilómetros antes, para apartarse sin remisión, ya no le volveríamos a ver en cabeza, el permanentemente acusado australiano tomó las riendas. Puede que demasiado tarde, sí, pero ¿no habíamos quedado que la contrarreloj de Grenoble le favorece y que allí aventajará con facilidad a los Schleck?

Evans aceptó en cara a cara con Andy. Orgulloso y brutal, con un desarrollo de aquellos que duele solo verlo, imaginen moverlo en una subida del nueve por ciento, consiguió detener la hemorragia y estabilizar la ventaja en los tres minutos. Solo en las últimas curvas antes de meta Andy finalmente acusó el esfuerzo de su valentía, pero celebró con rabia y alegría. Si el año pasado no dignificó, junto con Contador, el centenario del Tourmalet, esta vez lo compensó en el Galibier con creces. Frank fue segundo, Voeckler mantuvo el amarillo por segundos pero roza el podio de París y Contador explotó definitivamente para después en meta reconocer su derrota.

Hoy los Alpes, como se esperaba, disiparon la luz de gas que ha cubierto el pelotón del Tour durante días. Todos empeñados en negar o confundir la realidad, ciclistas ambiciosos pareciendo críos con rodines, gente que pretende atacar pero no puede, palabras e intenciones deformadas, percepciones engañadas. Carlos Sastre, ganador en Alpe D’Huez en 2008, saltándose la disciplina de los hermanos Schleck, etapa y amarillo, y conteniendo a Evans en una crono final previa a los Campos Elíseos (¿les suena?) comentaba tras la etapa de ayer: «los ataques bajando con asfalto seco muestran que hay miedo o incertidumbre sobre lo que puede pasar en la montaña, o quizá que algún corredor no se sienta lo suficientemente fuerte en la montaña, para sacar el tiempo que necesita, y quiere buscar cualquier momento para recuperar el tiempo perdido». No iba demasiado desencaminado. Los atacantes en los descensos sufrieron hacia arriba, siendo cruel la imagen de Samuel Sánchez quedándose tras el trabajo de su equipo en el llano. Su Tour está cumplido con la etapa de Luz Ardiden, no le debe nada a nadie.

La batalla, ya planteada en términos mayúsculos, continúa mañana, con una etapa terrible. Por el recorrido, Télegraphe, Galibier, Alpe D’Huez, pero sobre todo por el corto kilómetraje, apenas ciento diez. Andy debe buscar el amarillo, Evans defenderse, Contador despedirse con alegría, ¿Voeckler? No habrá tiempo salvo para la mirada al frente y la gloria en el horizonte. Como Andy hoy.

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