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8 de diciembre de 2019 8/12/19

Opinión

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El mejor de los mejores


  • 04 de diciembre
    de 2011
  • Miguel Gutiérrez

Todo aficionado al fútbol recuerda su primer Mundial. El mío fue el de México 86, y me sirvió para comprender que aquel no era un torneo más, sino el torneo de los torneos. En pleno partido inaugural, un Italia-Bulgaria, digerí que las selecciones que más veces lo habían ganado -tres cada una, por aquel entonces- eran los italianos y Brasil, el equipo al que se iba a enfrentar España solo unos días después.

Llegó el día, y de inmediato me llamó la atención la figura imponente de un futbolista barbudo frente a Víctor, Goicoechea o Butragueño. Era diferente al resto, pero no solo por la estatura o el pelo rizado, ni porque le apodaran ‘El Doctor’ o aseguraran que era capaz de tirar los penaltis de tacón, dato que también impresionaba. A Sócrates le distinguía su porte majestuoso, su finura y su elegancia. También su mando. Llevaba tatuada la palabra líder y todo parecía gravitar en torno a él. Si Brasil era la mejor selección de la historia, Sócrates era el mejor de los mejores.

La Francia de Platini mandó a Brasil para casa en penaltis a la altura de cuartos de final, como Italia en España 82. Sócrates erró su lanzamiento y nunca más volví a verle jugar. Unos años después conocimos a su hermano Raí, que le levantó una Intercontinental al Barça (el Madrid se interesó por él, o eso contaron los diarios de la época). A diferencia de su hermano, Raí sí fue en 1994 campeón del Mundo. Pero Sócrates demostró que la gente no solo se acuerda de los que ganan.

Fue años después cuando comencé a apreciar la relevancia de ese brasileño barbudo, cuando supe de sus aventuras en aquel equipo impactante de España 82 -el mejor de la historia según algunos, por encuma del de México 70- y anoté algunas curiosidades al margen de esas que tanto nos gustan a los periodistas: por ejemplo, que pese a superar el 1,90, apenas calzaba un 37.

La lectura me permitió luego saber que aquel comandante fino e imperial era también un hombre comprometido al que su condición de ídolo no le adormiló la conciencia. “Ganar o perder, pero siempre con democracia”, gritó una camiseta en su pecho minutos antes de una final del torneo paulista entre su equipo, el Corinthians, y el Sao Paulo. Corría 1983 y Brasil sufría una dictadura militar de la que se despidió dos años después, poco antes de aquel Mundial de México en el que Maradona grabó su nombre y en el que muchos, además, descubrimos a Sócrates para no olvidarnos nunca.

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