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13 de diciembre de 2019 13/12/19

Opinión

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El fútbol no puede ser la cara de terror de un niño


  • 01 de abril
    de 2012
  • José Miguélez

La imagen produce náuseas, tristeza e indignación. Cómo puede haber gente así, que cegada por una fidelidad mal entendida a unos colores, se atreva a semejante exhibición de matonismo. Un padre, unos niños y una bandera. Algo tan inocente y tan tierno, ensuciado por la intolerancia y el abuso cobarde de quienes se creen protegidos por la mayoría y se atreven incluso a actuar a cara descubierta, convencidos para colmo de que la razón les asiste. De seis tipos que no pueden volver nunca más a pisar un campo de fútbol. Seis sujetos capaces de irrumpir en la pacífica ceremonia de ilusión de una familia, una sana tarde de fútbol de un padre y unos niños de cinco o seis años, un día sin duda especial y de magia, para arrancar por la fuerza y a voces una simple bandera, para inocular el miedo a gente que ve el fútbol como un sueño no como un campo de batalla.

Vista por televisión, la secuencia da asco, repele. Pero en el fondo es buena, porque la barbarie ha sido captada. Y no sólo para identificar claramente a los autores y que puedan recibir así el castigo correspondiente de Antiviolencia y de Osasuna. Para que sientan vergüenza de sí mismos de sólo mirarse al espejo o tengan que agachar la cabeza durante mucho tiempo al cruzar la calle sabiéndose señalados por el vecindario. Sobre todo esa imagen capturada supone una bendición para ser recordada y repudiada, para que no vuelva a ocurrir.

Porque lo peor es que no se trata de un suceso aislado sino de una moneda común.  Son episodios que se reproducen cada domingo, no siempre con la ventaja de ser grabados para escarnio de los autores. Y no sólo abundan, sino que a menudo reciben la comprensión de los vecinos de asiento o la complicidad de los propios clubes. Y ya está bien. No es tan difícil ubicar dónde está el límite de la pasión y la rivalidad. Que el Reyno de Navarra sirva para tomar conciencia de una vez por todas. Porque el fútbol no puede ser nunca más esos canallas de las camisetas rojas y el chaleco negro. Y mucho menos la sobrecogedora cara de terror de esos niños.

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