Archivo
20 de septiembre de 2018 20/09/18

Opinión

Opinión

El bollo suizo


  • 01 de febrero
    de 2009
  • Elías Israel

Más conmovedora que la primera victoria del mejor tenista español de la historia en Australia fue la imagen de Roger Federer, ahogado en sus lágrimas, sin poder articular palabra, rodeado de algunas leyendas del tenis mundial. Federer es una de ellas, aunque es demasiado joven para darse cuenta. Representa al tenista clásico, caballero, competitivo, estético.

Siempre pensé que la grandeza de todo lo que está haciendo Rafa Nadal en el mundo del tenis es proporcional al gigantismo de Roger Federer. Conocíamos la versión demoledora y fría del suizo, su tenis de relojero, preciso, minucioso. Pero hemos descubierto que detrás del mito, de este ‘gentleman’ de Basilea, se esconde el niño que todos llevamos dentro. Si le admiraba antes de esta final, ahora me ha llegado como nunca.  Contrastaba la frialdad de su novia, desconcertada, con su explosión de sentimientos, un cóctel imposible de parar, en el que se junta la liberación de una tensión grandísima y la impotencia de percibir un cambio de ciclo definitivo.

Rafa es cada vez mejor. Ahora le da igual la superficie. Tiene una cabeza increíble, capaz de dominar toda la presión contenida, mejor cuanto más comprometido es el punto. Es una roca y se ha convertido en la ‘bestia negra’ del helvético, que agranda su herida cada vez que se enfrenta al español. Le tiene comida la moral. Y estoy seguro de que Rafa sufre por su ídolo, al que sigue considerando el mejor del mundo, por mucho que ahora sea él el número uno.

Tenemos una de las imágenes del año y, seguramente, una de las más impresionantes de la historia del tenis. Dentro de 20 años, recordaremos este 1 de febrero de 2009 como el día que vimos las lágrimas de Federer. Cuando Los Ángeles lloran…

Suscríbete a nuestro newsletter

Volver arriba