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17 de junio de 2019 17/06/19

Opinión

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Dos años después


  • 21 de julio
    de 2009
  • Antonio Sanz

Ser capitán de un equipo requiere valores añadidos a los puramente deportivos: veteranía y experiencia, carisma y liderazgo, personalidad y arrojo. Más allá de sentimiento al escudo, que se presupone como el valor en el Ejército, el futbolista debe trazar una autopista entre el vestuario y la caseta del entrenador. Además, en los tiempos modernos se les ha incluido el peaje de alimentar y difundir los mensajes de las altas estancias de la entidad. Es decir, convertirse en portavoz autorizado capaz de presentar a la afición, con firmeza y con coherencia, el discurso oficial del club. Dos años después, Maxi Rodríguez renuncia al servicio de la causa y decide cumplir la temporada que le resta de contrato desde las bambalinas, lejos de los focos, ajeno a las polémicas de si te tiré o no el brazalete al césped o al compañero u hoy me toca cumplir de actor improvisado para una campaña mediática de ayuda a la afición. La explicación a su dimisión es sencilla: no mantiene relación con Abel, el entrenador. Es como si el ladrón no contase el suceso de su detención a su abogado defensor, el paciente su dolencia al médico o el portero de la finca los problemas a los vecinos de su edificio. La escasa, más bien nula, fluidez de conversación entre ambos ha provocado lo mejor para el grupo. Maxi se lo ha puesto a huevo al técnico, que no ha dudado en aceptar la dejación voluntaria y elegir con celeridad a los sustitutos. Alguno de ellos, extraño sustituto, fundamentalmente por esquivar repetir errores.

El Atleti se complicó cuando, Aguirre se comió el marrón, decidió mantener el cargo a Antonio López. Pasó de teniente a capitán, para ser rebajado a teniente en cuestión de horas. El adiós de Torres provocó su ascenso, que se convirtió en fugaz porque en las oficinas del club se apostó sin fisuras por el argentino. Antonio asumió el navajazo con benevolencia y gallardía, la misma que ha demostrado ahora al recuperar lo que le robaron. Maxi es un buen tío, un gran jugador y un hombre implicado a la causa rojiblanca. Pero ser el portador de la cinta requiere otros mandamientos. El cumplió básicamente el primero que le encomendaron: ser el capitán del Kun.

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