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5 de diciembre de 2019 5/12/19

Opinión

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De cuando el príncipe Maradona se transformó en sapo


  • 10 de junio
    de 2009
  • Carlos Rodríguez Barceló

Recuerdo aquel chiste que decía que entra un señor al médico con un sapo en la cabeza y al preguntarle el doctor por su dolencia, el sapo con voz firme respondió: “Me ha salido un tio en los güevos”.

Cuando uno vio jugar a Maradona durante toda su carrera, piensa que todos los humanos que padecen ‘futbolitis’ quedaron abducidos por el arte de la mejor zurda de la historia. ¿Todos? No. En algún lugar de la geografía argentina debe existir una aldea a modo de la de Asterix y Obelix en la que todos jugaban un deporte igual que el fútbol, pero intentando marcar goles sin que ninguno de sus jugadores logre pasarse la pelota y evite por supuesto que el contrario lo haga. Creo que se llamaba Villa Bilardo.

Su compañia llega a ser tan nociva que el mismo Maradona ha olvidado lo que él era capaz de hacer en una cancha para entregarse a los dictados del bilardismo.

Sinceramente pienso que ‘El Pelusa’ vendió siendo un niño su alma al diablo y éste le concedió el deseo de jugar al fútbol como nadie, pero le castigó con tener a Bilardo para siempre a su lado. Posiblemente, arrepentido por aquello, el gran Diego se entregó durante años a una vida ociosa para ahogar sus penas.

Lo de Argentina en La Paz no tiene nombre, y lo del domingo frente a Colombia, menos. Una defensa desordenada, vulnerable, impropia de la albiceleste, un centro del campo sin tramitadores del pase, y una delantera maravillosa minimizada por su propio sistema.

Argentina tiene mejores jugadores para seleccionar repartidos por todo el mundo que mejorarían mucho el equipo, pero sobre todo la mejoraría alguíen que, como el príncipe del cuento, no se hubiera convertido en sapo.

PD- Por cierto, Fabián Vargas parece un futbolista muy aprovechable para centros del campo tocadores (tambien pensaba eso de Banega cuando le vi jugar el sub-20).

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