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21 de septiembre de 2020 21/09/20

Opinión

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Como si fuese Boskov


  • 21 de septiembre
    de 2011
  • Alfredo Varona

Tiene sólo dos años más que yo. Si se compara su fotografía con la mía, parece imposible tan corta diferencia. Pero, como sólo serán cosas mías, lo aceptaré como la verdad que es y reconoceré lo que parece evidente: ese tipo es un ejemplo. Lo digo sin conocerle, sin haber hablado con él en mi vida y después de ver a su Rayo Vallecano el domingo en el Coliseum de Getafe donde oficio como cronista de ‘Público’, ese periódico que merece crecer desde el día que nació. Y, sí, claro, ya es hora de que les presente al personaje, a José Ramón Sandoval, un tipo del sur de Madrid que, hasta triunfar como entrenador, se dedicaba a un restaurante en Humanes, cosa que, naturalmente, ahora ha delegado. Quiso ser entrenador, sin un pasado futbolístico que lo acompañase, y lo ha logrado. Quizá por eso es un hombre que llora fácil y que debe tener algo que le distingue como entrenador. Quizá una ilimitada creencia en la ambición. Desde unas condiciones pésimas de trabajo, ha logrado cosas magníficas con el Rayo. Y parece ser que Felipe, su director deportivo, un hombre que trató con entrenadores de tanto glamour como Valdano, Cappa o Heynckes en su época de futbolista en el Tenerife, no le cambia por nada.

Se me ha ocurrido escribir de Sandoval porque el Rayo me encantó el domingo. Él acabo ronco de tanto gritar. Pero antes había tenido motivos para llenar de amistades el orgullo. En el césped su equipo pareció una familia unida como la de los Alcántara en ‘Cuéntame’. Y hasta puede que Sandoval tenga algo de Antonio, el padre, que reivindica su pasado para justificar su presente en el barrio de Salamanca. Porque en la serie empezó como bedel en un Ministerio, sin cursos en Cambrigde ni en Oxford y sin más pasado que el de Sagrillas, su pueblo. Sandoval, sin embargo, tiene una leve diferencia con Antonio Alcantara. No es un personaje de ficción. Tampoco ha pasado horas en la puerta de un Ministerio. Pero como no fue futbolista de postín también conoce a la clase proletaria. Se inició, como miles de entrenadores, en equipos regionales y hoy no sólo tiene para algo más que para veranear en Bennidorm. Hoy, hay que aceptarlo como un entrenador de elite que podría rivalizar con Winston Churchill para dar significado a la palabra desafío. Y el resultado es un hombre que, cuando lo pasó mal, quiso ser un espejo. Por eso tiene más paciencia de la que anuncia su mirada encendida. Juraría leer que, ante los imagos del Rayo el año pasado, iba en bicicleta a los entrenamientos para ahorrar en gasolina lo que, evidentemente, no parece glamour.

Pero no nos equivoquemos. No pretendan buscar glamour en José Ramón Sandoval. Viene del Sur de Madrid, con ese acento castizo e inteligente. Tiene un restaurante en Humanes, donde hay más carretera que rascacielos. Y para reivindicar todo eso lo único que le falta es olvidarse del traje y la corbata los domingos en el banquillo. A Sandoval le pega mejor un polo gastado, una camisa a rayas por debajo del pantalón. Y siempre la palabra clara, llana, como la de Miguel Muñoz. Por eso, al escucharle, uno retrocede a épocas donde los entrenadores no necesitaban de la oratoria. Pues bien, Sandoval apela a ellos, a los de mi niñez. No sólo a Muñoz. También a Molowny o a Boskov, que decía ‘fútbol es fútbol’. Y nunca decía “hemos recortado distancias con la perfección”. Se decía “hemos jugado bien” y bastaba como le pasa ahora a Sandoval. Y, aunque mañana la clasificación le pueda hacer una faena, a día de hoy lleva cuatro puntos más que Bielsa sin ningún campeón del mundo en su equipo. Y, por cierto, el Rayo le pegó un repaso fantástico al Athletic en San Mamés. Así que es lógico que Sandoval llore. Pero no se confundan. Lo hace de emoción, no de pena. Y eso no siempre es posible.

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