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19 de noviembre de 2019 19/11/19

Opinión

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‘Carros de fuego’


  • 22 de julio
    de 2009
  • Juanen Gonzálvez

“Carros de Fuego” (Chariots of Fire, 1981) es el ejemplo de una película que ya está en la historia del cine. Los críticos de Premiere la eligieron como una de las veinte películas más sobrevaloradas de todos los tiempos, pero quizás un análisis un poco más profundo de la cinta puede darnos una visión distinta. Además, partimos de la base de que la crítica hace su función y los apasionados al Cine y al Deporte podemos establecer nuestros propios criterios, faltaría más.

De entre todos los factores o piezas que componen la realización de un film, los que destacan en “Carros de Fuego” sin duda son la banda sonora y la historia de los dos protagonistas. Pero antes de afrontar esa faceta, resaltaremos otras también importantes. En primer lugar el vestuario: algo tan obvio como poco cuidado muchas veces en el séptimo arte, en esta película se cuidó de una manera un tanto curiosa. Se conminó a los extras a que fueran vestidos con ropas de la época (mediados de los años 20) y de esta forma la productora se comprometía a pagarles veinte dólares, en lugar de los diez que se otorgaban si no lo hacían. La fórmula les funcionó y de hecho lograron el Oscar en este apartado.

La dirección corrió a cargo de Hugh Hudson, al cual hay que reconocerle el buen trato a las escenas de atletismo, el cuidado de la fotografía y la buena dirección de actores, a pesar de que no consiguieron premios destacados por su actuación. Por cierto, el que estuvo a punto de llevarse la dorada estatuilla hollywoodiense como actor de reparto fue Ian Holm, que aquí realiza el papel del entrenador Sam Mussabini, pero que pasará a la historia por ser Bilbo Bolsón en “El Señor de los Anillos”.

Es el turno de hablar de la banda sonora. Quizás una de las más reconocidas de toda la historia de la cinematografía (ta na na na na naaannn… perdón por el chiste) está compuesta por el genial Vangelis. Evangelos Odysseas Papathanassiou es conocido por varias facetas musicales: la primera, esta misma, la composición de bandas sonoras para películas como la que estamos analizando u otras como “1492: La Conquista del Paraíso” o “Blade Runner”, estas últimas dirigidas ambas por el casi siempre genial Ridley Scott.

Vangelis es famoso por la utilización de sintetizadores y elementos de percusión para la creación de su música, en una extraña y genial mezcla de sonidos que se quedan a medio camino entre lo psicodélico y el neotardofuturismo (excusas también por el palabro inventado). Las sensaciones que traslada su música son diferentes para cada uno que lo escucha, pero nadie puede negar que precisamente esa es la virtud de sus notas: que a nadie dejan indiferente, que todas provocan y suscitan reacciones.

El de Volos (Grecia) también se hizo famoso por el trío que formó con su primo Demis Roussos (sí, el de las túnicas) y Lucas Sideras, bajo el nombre de Aprodithe´s Child, alcanzando los números uno de las listas musicales en varios países con temas como Spring Summer Winter and Fall; Rain and Tears; Let Me Love, Let Me Live y el magnífico It´s Five O´Clock.

La última, y no menos interesante, es la colaboración que Vangelis llevó a cabo con la NASA en 2001 para la creación de un himno para su nave Mars Odissey. Algo que los marcianos pudieran escuchar como señal de bienvenida y que, quizás alguno lo haga a muchos millones de años luz en un futuro. Tras esta aportación, la Unión Astronómica Internacional le puso su nombre al asteroide 6354.

Como nombrábamos antes, la otra faceta destacable de la película es la historia de los dos personajes. Eric Liddell y Harold Abrahams representan dos estilos de vida, dos maneras de entender el deporte, dos historias tan grandes en su calidad humana que hubiera sido posible realizar dos films con el mismo argumento pero visto desde la perspectiva de cada uno, tal y como hizo Clint Eastwood con “Banderas de Nuestros Padres” y “Cartas desde Iwo Jima”. El primero es un pastor de la iglesia cristiana evangelista que se define a sí mismo de esta forma: “Yo creo que Dios me hizo con un propósito: para ir a China. Pero Él también me hizo rápido y cuando corro siento que se complace. Renunciar a ello estoy seguro que sería enojarle. Tenías razón: [se dirige a su mujer] no es por simple diversión. Vencer es honrarle”.

Liddell sabe que tiene un don, que ha nacido con una estrella y que lo puede explotar. Es un hombre extremadamente religioso y ha empeñado su vida en ayudar en las misiones de su iglesia en China junto a su mujer, que no es precisamente proclive a su faceta deportiva. Pero él cree que debe aprovechar eso que tiene dentro y acudir a los Juegos Olímpicos de París. No es que no necesite entrenamiento, pero sabe que puede compatibilizar su labor de pastoreo con el deporte aunque, eso sí, la religión es lo primero.

Liddell es un héroe en Escocia y no tendrá problemas para clasificarse para la cita olímpica. Sin embargo, precisamente el calendario le va a deparar un dilema: antes de subir al barco que le transportará de Dover a Calais, recibe la noticia de que las pruebas clasificatorias de los cien metros lisos se disputan en domingo, es decir, el Shabat para los cristianos (ojo, que la palabra lleva a la confusión.)

Al principio de la película, el pastor sale de su proclamación del servicio dominical y reprende a dos niños que están jugando con una pelota, alegando que no es el día para hacerlo, puesto que esa es una jornada que tienen que dedicar única y exclusivamente a honrar a Dios. Al conocer el horario de las clasificatorias, Liddell duda sobre su decisión pero al recordar sus propias palabras a los chavales, su interrogante queda despejada renunciando a la prueba.

El choque con los miembros del Comité Olímpico Británico se produce rápidamente. Le presionan para que se eche atrás en su decisión y, de hecho, llegan a reunirle, ya en París, con el Príncipe de Gales (es decir, el futuro Rey) para disuadirle. No sólo se trata de una maniobra que podríamos calificar de política, sino también religiosa. La Iglesia de Inglaterra, o anglicana, tiene como líder al Jefe del Estado británico, con lo que la petición no era hecha sólo por un cargo político sino también moral. Liddell se mantiene firme en sus creencias, en todas, y no cederá, con lo que se produce una gran tensión que sólo se solucionará en el último minuto.

Harold Abrahams, sin llegar a ser antitético a Liddell, sí que es bien diferente: “Mi padre olvidó una cosa. Esta Inglaterra suya es cristiana y anglosajona, al igual que los que ocupan el poder… y los que siguen tras sus pasos los siguen celosamente (…) Pero yo lucharé con ellos, contra todos. Uno a uno. Y voy a hacerles perder el equilibrio”. Abrahams es judío, no procede de la clase dominante de “la pérfida Albión” y se ha criado a base del esfuerzo de su progenitor. Consigue llegar a la Universidad de Cambridge y lo primero que hará será desafiar el récord de velocidad de la misma. La prueba consiste en recorrer el patio central universitario antes de que el reloj dé la última de las campanadas del mediodía. Abrahams lo conseguirá y muestra desde ese momento que no habrá ninguna barrera que él no pueda romper a base de abnegación y esfuerzo. Estas dos son las constantes de su vida.

Abrahams toca el piano y canta, y participará en el coro de Cambridge que interpretará una obra que no está elegida al azar. “H.M.S. Pinafore” posee dos mensajes: el primero, el de la burla a la marina británica, a la que critica por su permisividad en el acceso a personas no capacitadas a puestos de mando, y que sólo acreditan su pertenencia a una alta clase social. El otro, el del amor entre personas de diferente clase social, también criticado por las altas esferas. Abrahams interpretará al personaje principal, en otro signo claro de que no le tiene miedo a nada ni a nadie y que está dispuesto para la lucha.

El joven rebelde, además, es rápido y veloz pero su talento está por explotar. Sabe que necesita del trabajo y del entrenamiento diario para poder llegar a lo más alto, para poder llegar a los Juegos Olímpicos. Pero también sabe que él solo no lo conseguirá y por eso reclama los servicios de un entrenador profesional, Sam Mussabini. Este hecho le traerá problemas con los rectores universitarios, que le recuerdan que los estudiantes de Cambridge tienen prohibido dedicarse profesionalmente al deporte. Abrahams, lejos de achantarse, les explicará y replicará argumentando que lo que hace lo hace por sí mismo, por Cambridge y por su patria, por lo que utilizará todos los medios que estén a su alcance para lograr su objetivo (no confundir esta idea con el argumento de “El Príncipe” de Maquiavelo, donde el fin justificaba los medios. No es lo mismo optimizar que abusar y violar las reglas.)

Abrahams es racionalmente sólido pero emocionalmente voluble. Su persecución por ser el hombre más rápido del mundo le proporcionará sinsabores cuando se ve batido por rivales o cuando los rectores intentan abroncarle. En esos momentos se siente incomprendido y sólo encuentra refugio en sí mismo, lo que casi le hace perder el amor de su vida, una joven cantante de ópera. Pero su esfuerzo se verá recompensado, primero clasificándose para los Juegos, y posteriormente consiguiendo la medalla de oro en los cien metros lisos. Además, ella, la cantante, finalmente entenderá su mente y le apoyará, esperándole a su regreso triunfal. Será en ese momento cuando Abrahams, que luchaba por alcanzar la fama y por superar los prejuicios que se establecían hacia los judíos por el simple hecho de serlo, alcance la estabilidad. Por fin comprende que la fama no es lo prioritario, de hecho no asiste con sus compañeros a la recepción de bienvenida, sino que prefiere celebrarlo en compañía de su novia.

Liddell y Abrahams son tan dispares que apenas si se rozan en todos los minutos que dura la cinta, pero comparten valores. La religión, cada uno vivida a su manera, ocupa una franja importante de su vida. Los dos, además, persiguen un objetivo, que en este caso es común, y que acometerán con sus respectivas armas. Y ambos saben que su parte emocional también conforma sus vidas, teniéndola Liddell cubierta desde el principio, mientras que la de Abrahams será más azarosa hasta que encuentre el amor al final.

No más de cinco escenas en toda la película son las que comparten los dos protagonistas. La primera, en la que Abrahams va a observar a Liddell en los campeonatos europeos, quedándose asombrado por su forma de correr, muy poco ortodoxa pero extremadamente eficaz, que se parecía más a aquel Michael Johnson que empujaba su tronco hacia atrás con los brazos ligeramente recogidos, que a un Carl Lewis que cortaba el viento como un cuchillo.

La segunda les enfrentará a ambos en los cien metros. A pesar de todo el esfuerzo, el trabajo y el empeño de Abrahams, Liddell le batirá sobradamente, algo que hará que el universitario caiga en una depresión, como comentamos antes. Se sobrepondrá con la ayuda de los entrenamientos de Mussabini, y esperando que la revancha le llegue en unos Juegos en los que también estarán los a priori favoritos, los estadounidenses Jackson Scholz y Charles Paddock.

Sin embargo, la coincidencia sólo será en el escenario del evento, el estadio de Colombes. Precisamente en el emplazamiento donde, supuestamente, años después se disputaría aquel partido del siglo entre los nazis y sus prisioneros aliados en “Evasión o Victoria”, como aquí analizamos. Al renunciar Liddell a correr la prueba, sólo asistirá como espectador a lo que finalmente se convertirá en la victoria de Abrahams, imponiéndose a todos sus competidores. El pastor no dudará en bajar y celebrar la victoria con su compañero de selección, proporcionándole una felicitación tan sincera como amarga la sensación que le recorre por dentro.

Porque dejábamos a Liddell reunido con el Comité, al cual desoía en sus peticiones. El conflicto se resolvería gracias a una figura tan menor en la película como decisoria en la misma. Lord Lindsay es un joven aristócrata al cual la vida le sonríe y sabe que lo va a hacer siempre. Corre por deporte, por hedonismo, por pura diversión, y además lo hace bien. Se clasifica para dos pruebas en los Juegos, los cien metros vallas y los cuatrocientos lisos. En la primera obtiene una valiosa medalla de plata y, conocedor del problema de su amigo Liddell, renunciará a la segunda para que éste ocupe su puesto. Los miembros del Comité y el propio pastor aceptarán sin remedio como solución única para el conflicto y Liddell no defraudará.

Se enfrenta a la prueba final tras haber corrido ya dos clasificatorias el mismo día y uno de los entrenadores estadounidenses le dice a su corredor, Taylor que no será capaz de llegar con fuerza hasta la meta. Jackson Scholz, por el contrario, le rebate afirmando que “quiere demostrarlo, algo personal, y eso no puede comprenderlo ningún entrenador” para acto seguido entregarle una nota al escocés con una frase que reza: “Está escrito en la Bilbia: A aquel que me honra, yo le honraré. Buena suerte. Jackson Scholz”. Liddell sonríe agradecido y, con el papel arrugado en su mano derecha, corre denodadamente hacia la victoria, para alegría de todos sus compañeros que le están observando en la grada, incluido el propio Abrahams que le devuelve la felicitación bajando hasta la pista.

Quede como anécdota el que, en la realidad, Liddell y Abrahams consiguieron más medallas en estos Juegos Olímpicos de 1924. El primero se colgó el bronce en los doscientos metros, mientras que el segundo obtuvo la plata en el relevo cuatro por cien, que ganaron los Estados Unidos, aunque, curiosamente, sin Scholz y sin Paddock. Pero el héroe de estos Juegos sería un hombre llamado Johny Weissmuller, que consiguió el oro en natación en los cien y cuatrocientos libres y en el cuatro por doscientos libres. Ocho años más tarde, en 1932, firmaría un contrato como actor con la Metro Goldwyn Mayer y pasaría a la historia como Tarzán.

Un ya anciano Jackson Scholz sería el asesor de la película para las escenas deportivas, permitiendo además una licencia en la historia. Realmente, Scholz nunca le dio una nota a Liddell con una frase de la Biblia antes de la carrera de cuatrocientos metros. Fue uno de los entrenadores del país de las barras y estrellas el que se la hizo llegar al atleta británico. Scholz fue reticente en principio a variar la historia pero al final, y gracias a la visita en persona del autor del guión original, Collin Welland, cedió su permiso para este cambio.

Por cierto, que Welland lo pasó francamente mal para encontrar un título para la película, sugiriendo el de Runners en un principio. Pero fue viendo una canción religiosa en la BBC, sacada del poema de William Blake “Jerusalem”, cuando se le hizo la luz. Ésta decía: “Tráeme mi carro de fuego” y hace referencia al segundo libro de los Reyes, capítulo 2, versículo 11, de la Biblia: “Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino”. La canción será entonada en el final de la película por el coro de la iglesia que acompaña al funeral de Abrahams.

Tampoco fue cierto que Liddell se enterara de que las clasificatorias de los cien metros lisos iban a ser en domingo, justo antes de que subiera al barco que le llevaba a Francia. En realidad, se enteró varios meses antes, planteó su renuncia y el Comité Olímpico Británico reaccionó con tiempo suficiente para inscribirle en los cuatrocientos metros, con respeto a su decisión y sin ningún tipo de tensión. Obviamente, el giro de la película está plenamente justificado para aportarle más nudo a su trama.

Después de los Juegos, los verdaderos Liddell y Abrahams también recorrieron caminos distintos. El misionero volvió a China y murió al final de la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración japonés, en la parte ocupada por los nipones del país chino. Abrahams, por su parte, fue longevo en vida y se convirtió en un comentarista deportivo muy valorado en su país, muriendo en enero de 1978.

Por último, ponemos la guinda al pastel. “Carros de Fuego” se inicia con la imagen de las honras fúnebres de Harold Abrahams. Funeral que está basado en el que en la realidad se le hizo al corredor y, por ello, vemos que se realiza en una iglesia cristiana, puesto que Abrahams en sus últimos años de vida se convirtió a esta religión. Desde ese escenario partimos en un flashback que volverá a repetirse al final de la película y que constituye la escena más recordada de la misma. Varios corredores se entrenan corriendo descalzos por la playa mientras suenan los inmortales acordes de Vangelis. La cámara se detiene en cinco de ellos: Eric Lidell, Harold Abrahams, Lord Lindsay y Aubrey Montagui y Henry Stallard. Las imágenes, rodadas en las playas escocesas de Saint Andrews, reflejan a la perfección la realidad de la competición y del deporte en general: una multitud anónima intenta llegar a la meta, pero sólo unos pocos elegidos alcanzarán la fama y el reconocimiento.

Ficha técnica
Director: Hugh Hudson.
Guión: Collin Welland.
Música: Vangelis.
Director de Fotografía: David Watkin.
Edición: Terry Rawlings.
Duración: 124 minutos.

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