Archivo
16 de diciembre de 2018 16/12/18

Opinión

Opinión

Boca-River: un cambalache bien argentino


  • 05 de diciembre
    de 2018
  • Andy Stalman

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que creía haberlo visto todo dentro del mundo del fútbol. Que ya no cabían más sorpresas, que ya estaba todo agotado. Y cuando más convencido estaba de aquello, me encuentro escribiendo estas palabras que anteceden al Boca-River en el estadio Santiago Bernabéu. Nada más y nada menos que la final de la Copa Libertadores.

Cuando allá por el año 1967 se publicaba el libro “Fútbol: dinámica de lo impensado” de Dante Panzeri nadie podía imaginar que esas palabras lograrían su pináculo en la inusual final de la Copa Libertadores de este 2018. La obra del genial periodista argentino es tan grande que hoy, cinco décadas mas tarde, periodistas, relatores, comentaristas siguen recurriendo a la “dinámica de lo impensado” para explicar el extraordinario e inclasificable talento de jugadores como Messi, Riquelme o aquellos partidos que escapan a la lógica del deporte.

En la obra también ponía el punto de mira al “show internacional de la seriedad”, cuyos oscuros embajadores encorbatados no cejan en su empeño de transformar el juego en un lucrativo negocio. “El fútbol, para ser serio, tiene que ser juego”. De esta manera explicaba Panzeri hace 50 años el ocaso de lo lúdico y el establecimiento de la industria futbolística. cualquier similitud con nuestra realidad no es mera coincidencia.

Pero lo cierto es que en los últimos días el fútbol internacional fue testigo de la dinámica de lo impensado elevada al infinito. La final de la Copa Libertadores de América se trasladó de Buenos Aires a Madrid. Al aluvión de críticas que llovieron desde River, Boca, los medios de Sudamérica, Dani Alves, Gabriel Batista y un interminable lista de políticos, influenciadores, deportistas y comentaristas de salón, le surgió un contrapeso. En España desde el presidente del Real Madrid, que a rápido no le gana ni Usain Bolt, al del Gobierno de España, al de la Comunidad de Madrid a la alcaldesa y a los medios se le sumó la comunidad argentina en España y en el exterior.

Quién escribe es uno de esos argentinos que residen en España y que iban a ver el partido por televisión cuando sucedió lo inesperado. Lo que nunca nadie imaginó, lo que nadie podía prever, lo que no entraba en ninguna quiniela, el clásico de clásicos, el súper clásico del fútbol argentino (¿mundial?) se va a jugar en el estadio Santiago Bernabéu. Cosas así, milagros futboleros para unos, sólo suceden una vez en la vida, o nunca. Así que la ciudad de Madrid está preparada para recibir a cientos de miles de personas que venían a pasar sus mini vacaciones a las que se suman miles de hinchas de Boca, de River, del fútbol, que están empezando a llegar desde latitudes tan variadas como Washington DC o Tel Aviv, Buenos Aires o Santiago de Chile, Bangkok o Roma.

Hasta hace nada el ánimo por esta final estaba por los suelos. La final parecía destinada al fracaso. “Que le den la copa a Boca”, decían unos, “que se la den a River”, decían otros, “que quede vacante” también se oía por allá. “Esta final ya no me motiva”, “no ilusiona”, “esto es un circo”, “todo es negocio”. Cada hincha tenía una opinión, incluso varias. Pero superado el trance de las demandas, los escritorios, las declaraciones y la ‘mamarrachez’ de la Conmebol, vuelve el tiempo de la pelota. El presidente de la FIFA, Infantino, afirmó en Buenos Aires que “la pelota no se puede parar, tenemos todos que ver cómo podemos poner las condiciones para jugar”. Léase: el show debe continuar. El incombustible Giovanni Vincenzo “Gianni” Infantino también afirmó que “se jugará en Madrid, que es también un poquito Sudamérica (¡¡¡!!!) quizás, pero que sea algo que marque un antes y un después por el fútbol”. Sólo el tiempo y las decisiones de quienes mandan en el fútbol podrán corroborar este deseo del ‘pope’ del fútbol mundial.

Si además contemplamos los posibles ingresos para la ciudad de Madrid por pernoctaciones (alojamientos, hotelería, etc), más la restauración, más la movilidad, más las compras, más los ingresos indirectos en transporte aéreo, visitas turísticas y otros etcéteras, los números estimado de la final, superarían los 40 millones de euros. Sin contar las apariciones en medios, ‘publicity’, contenido y una audiencia global de varios cientos de millones que están siguiendo la evolución de la final antes, durante y después del partido. Un negocio redondo. Madrid estará albergando en diciembre y en junio de 2019 las dos finales continentales más importantes del mundo: la Libertadores y la Champions League.

Esperamos y deseamos que primen el sentido común, el orden y que la fiesta que se debería haber vivido en Argentina, al menos, se pueda disfrutar en España. Dos de los equipos con más historia en el fútbol mundial juegan a todo o nada por la final de la copa. Unos se irán felices y otros tristes porque así es una final. Una vez pasado el tsunami podremos analizar con más calma quienes son los verdaderos ganadores (España, Madrid, Real Madrid, Florentino Pérez, etc) y perdedores (Argentina, Buenos Aires, Conmebol, las barras, y sobretodo la gente común, el hincha de verdad) de todo este cambalache futbolístico.

Ya se nota la ansiedad en el ambiente. Ya no se habla de otra cosa que de alineaciones, de pizarras, de jugadores, de sistemas, ya hemos vuelto a hablar de fútbol. Y eso es bueno para el fútbol. La obra de Panzeri, tan vigente 50 años después constituye una crítica a la modernidad desde dentro del campo. Una crítica a la parafernalia del espectáculo, del periodismo, de la extravagante profesionalización del deporte, que nombra las cosas de forma complicada para que parezcan nuevas.

A los que les gusta el fútbol de verdad, lo que más destacan es el juego. La creación, los goles, las jugadas para el recuerdo, los partidos con personalidad, los jugadores que se rebelan contra el destino, el caño, el taco, la chilena, la atajada imposible, la filigrana, la palomita, la pared, la pierna fuerte, pero con nobleza. Gusta que un chico que comenzó en un potrero pueda decidir el destino de la felicidad y la tristeza de unos y de otros. El fútbol, cuando deja en el palco a los señores de corbata y limusina y abraza ese poder de atraernos, hipnotizarnos, de hacernos sentir en una montaña rusa por 90 minutos… es magia, es maravilloso. Así que por más argumentos que busquemos, por más ciencia que hagamos, por más tecnologías y sofisticaciones, la final se decidirá por el arte de lo imprevisto y porque un chico del barrio o más de uno, se despierte con buen pie.

“En el fútbol no existe ordenación posible que gane los partidos sin depender de la capacidad individual de los jugadores. El plan es el jugador y las circunstancias” esa es la perpetua sabiduría de Panzeri.

Lo impensado está por pasar: Boca y River, el domingo 9 de diciembre en Madrid. Nada más que agregar.

Suscríbete a nuestro newsletter

Volver arriba