SPORTYOU

Archivo
4 de diciembre de 2022 4/12/22

Opinión

Opinión

¿Dónde está el escudo de Abel?


  • 23 de febrero
    de 2009
  • José Miguélez

Lleva sentado sólo un rato y Abel Resino ya se ha puesto gratuitamente bajo sospecha. A la tercera, el Kun al banquillo, la tentación a la que tantas veces cedió Aguirre. Y encima otra vez, como en tantas ocasiones le sucedió el mexicano, bajo una coartada falsa o de poca consistencia: el supuesto cansancio físico y mental tras el nacimiento de su primer hijo. Como si los puntos y las contracciones los hubiera soportado Sergio y no su pareja. El propio entorno del argentino se apresuró a desvelar que el Kun estaba fuerte para jugar y con más ganas que nunca, con un plus de motivación por la paternidad poco recomendable de desaprovechar. Y sin embargo, Abel se agarró a la excusa barata para sentarle en Sevilla, aislar a Forlán en punta y superpoblar el centro del campo, otra de esas tentaciones que los técnicos no acostumbran a dejar pasar. Quizás Abel prefiriera reservar al Kun para la tres citas siguientes, ante el Oporto, ante el Barça y ante el Madrid, de mayor trascendencia para el significado atlético de la competición, pero entonces debería haberlo dicho.

Dio la sensación, aunque es pronto para establecer una sentencia, que a Abel se dejó llevar por uno de esos ataques de entrenador que tanto cuesta entender a los aficionados. Y como se temían los aficionados, como suele pasar, le salió mal, muy mal. Pero Abel no debe olvidar que no está sentado en el banquillo del Calderón por su currículum como entrenador, sino por su currículum como atlético, condición que domina, o eso se le supone. Pero es por ahí por donde precisamente Abel ha empezado a flojear. Fue primero lo de regalarle la titularidad a Pablo, un síntoma preocupante, como si no supiera que no es su fútbol lo que prohíbe al manchego vestirse esa camiseta, sino su alta traición imposible de olvidar. Y después, a la tercera, el Kun al banquillo, el defensivisimo y el salir a empatar. O sea, más mediocridad y conformismo que ambición y ganas de protagonismo. Y olvidarse de eso, de los rasgos atléticos del oficio, es justo lo que sepultó a Aguirre. A Abel no le conviene olvidarlo.

Volver arriba