IMPACIENTE 
IBAKA y los thunderIMPACIENTE 
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IBAKA y los thunder

IMPACIENTE 
IBAKA y los thunder

el pívot ha mejorado considerablemente pero no ha sido capaz de llevar a su equipo a la final de conferencia. esperaban más de él

Serge no cabe en sí mismo. Le consumen las ganas de un futuro grandioso y un presente siempre insuficiente. Sobre todo, Ibaka quiere mejorar. Progresa a empellones en una Liga sibarita y salvaje. Su oportunidad no fue mayor que la de tantos otros que se quedaron en el camino. Subió colinas en África y merendó pizarras en España. No le faltaron los padres y mentores en Manresa, Hospitalet, Oklahoma. En Estados Unidos cayó de pie, es cierto, en un lugar bastante propicio, pero Ibaka siempre mejoró pronósticos. Consumió etapas como un adolescente se fuma la vida. Corrió, corrió y corrió, también aprendiendo a saltar. Jugarse un anillo con 22 años es, en efecto, precocidad. Pasó en 2012. Y la precocidad incuba la prisa si los grandes resultados no llegan pronto. Amenaza al hombre pasional y trabajador un contratiempo que puede ser igual de nefasto que la propia parálisis: la impaciencia. Hace tropezar a quien quiere ir demasiado rápido. Hay que gatear, andar y luego echar a correr, como decía Clay Davis en The Wire. Serge quiere tomar el mundo a la carrera y a veces parece adelantarse, como un tapón con mal timing de salto o una falta personal inducida por la revolución.
Contexto. En verano se fue Harden con portazo severo del despacho. Sam Presti dijo no. Kevin Martin vino a suplir el guarismo de La Barba, que no el hueco ni el aroma, y el Chesapeake Energy Arena siguió siendo casi siempre una casa cumplidora y victoriosa. Sin embargo, algo faltaba. Lo meditaba de manera discreta un Scott Brooks que nunca terminó de comulgar con la naturaleza del jugador de Los Ángeles -”Harden no ayudaba al grupo a permanecer unido”-. Harden se hizo echar de menos desde el primer entrenamiento. Nunca se admitió abiertamente.
Por entonces Ibaka era otro hambriento precoz entre bestias precoces. Reggie Jackson, Russell Westbrook, Kevin Durant. El mundo al alcance de la mano al frente de un equipo descarado. La temporada 12/13 requería pequeños ajustes en el reparto de roles y el joven congoleño con pasaporte español estaba deseoso de echarse el reto a los hombros. El resultado fue notable hasta enero y algo más dudoso en adelante. Más tiros, más puntos y más protagonismo ofensivo para el dorsal ‘9’ de los Thunder. Pasó del 63% al 75% en tiros libres. De 9 a 13 en promedio de anotación. Quizá imponía algo menos de impronta defensiva, pero el saldo arrojaba progreso innegable. Sin embargo, el equipo perdió gas en el último tramo de la regular. Más atascado, errático, sin tantas soluciones. Faltaba el flow de los mejores tiempos. Miami Heat lograba rachas triunfales que quitaban el hipo mientras Oklahoma firmaba 60 victorias, es verdad, pero con cierto equipaje de dudas junto al billete de postemporada. 

En ésas, el cruce dijo James Harden. El enfant terrible volvió a su casa de Oklahoma para los Playoffs. Los Rockets no preocupaban en exceso, pero todo se torció en el segundo partido. La pesadilla fue gradual. Vino la lesión de Westbrook, el bajón físico y mental y el sufrimiento para eliminar a Houston por 4-2, con más apuros de los que el tanteador sugiere. Después, todo fue a peor. Los Grizzlies se agigantaron a rebufo de unos pronósticos que cambiaron de signo en apenas una semana. Empezó la serie con gran incertidumbre y de pronto los osos parecían citius, altius, fortius, mucho mejor engrasados que los desconcertados Thunder. Aunque luciesen menos galones que los subcampeones, terminó pasando lo temido: la eliminación de los hombres de Kevin Durant. Más que no funcionar, Oklahoma se había ahogado en su propio cortocircuito.
Y poco hubo que reprochar a Ibaka, cabe decir. Allí estuvo él sostenido por sus números -13 puntos, 8 rebotes y 3 tapones-, algo mermado por la espalda y rabioso con una temporada vuelta del revés. Algo fue claramente mal en el cruce (4-1) si el congoleño vio elevado su número de faltas personales hasta un media de 4,4 por noche, incluida la eliminación en el último encuentro, cuando su estadística hasta ahora señalaba sólo 2,7. Defendió con la casta que se le presume a un juego interior colosal, el de Memphis, siendo superado por las ganas y por los acontecimientos. Y no consiguió sofocar un estado de ansiedad que le acompañaba desde hacía tiempo, azuzado por las dificultades. La exigencia precoz consume energías que no se gastan en la cancha, pero la ambición debe ser domesticada con arreglo a las circunstancias. Quizá la única cuestión de Oklahoma fue Westbrook, su ausencia, y ahí acaban los problemas del equipo. 
Es difícil decirlo. En todo caso, Ibaka seguirá trabajando empecinado. Su progreso es notable, pero necesita la paciencia que dispensa su edad. Los mimbres son magníficos. Mientras tanto, se hace bueno el refranero popular, que siempre ofrece respuestas: “Vísteme despacio que tengo prisa”.