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fallece Tyrone Evans, ‘Alimoe’, una auténtica leyenda del baloncesto neoyorkino

Esto es Harlem. Aquí todo el mundo quiere jugar al baloncesto. Desde pequeños soñamos con jugar algún día en la NBA y ser como Michael Jordan. No recuerdo ningún momento de mi vida en el que no estuviera con un balón entre mis manos”. Así definía Tyrone Evans, conocido por algunos como ‘Black Widow’ (‘viuda Negra’) y por todos como Alimoe, lo que significaba nacer en ese barrio neoyorquino y el amor por la canasta a un chico blanco enamorado tanto como él de ese deporte y que atendía a su explicación embobado. 
Ese chico está escribiendo ahora mismo estas letras para despedir a una de las leyendas más grandes del streetball de Harlem en particular y el baloncesto de New York en general. Uno de los más grandes de la canasta en la ciudad de los rascacielos nos decía adiós el pasado lunes. Llevaba años compartiendo su vida con una diabetes que tenía controlada a base de medicación constante y cuidados de lo más estrictos, pero su organismo dijo basta. Hoy Alimoe es parte del Olimpo de los dioses del baloncesto de asfalto y un ídolo de barrio que jamás saldrá de la memoria de todos los que le conocieron en vida.
Ofertas para ser profesional
“He tenido ofertas para jugar baloncesto profesional a lo largo de mi vida. Me pusieron sobre la mesa contratos de la ABA y de la D-League. Incluso me invitaron a training camps de la NBA, pero quiero demasiado Harlem como para dejarlo”. Alimoe aprendió a jugar en las canchas de cemento de detrás de su casa. Conocía el sonido de las redes de metal de los playgrounds en lugar del de las de cuerda de los gimnasios. Era más de pasar horas en el Rucker Park, Kingdome, 145th & Lenox y otros parques en los que se hizo un nombre que asombrando a su gente que en el Madison Square Garden para regocijo de ricos y turistas. Jugaba por diversión y para evadirse de otros problemas que rodeaban al barrio. 
El mismo barrio que con los años se tendía a sus pies y le hacía reverencias cada vez que doblaba la esquina. “Al contrario que mucha gente, yo nunca he jugado para llegar a la NBA. Yo jugaba al baloncesto para que hacerme famoso en Harlem y que la gente me conociese”, recordaba con una sonrisa en los labios. “Una vez me convencieron para incorporarme a un equipo de la D-League. Viajé hasta allí, me dieron una serie de ejercicios físicos que tenía que hacer y un libro con jugadas que debía aprenderme en un mes. Esa misma noche tomé un avión de vuelta a Harlem”.
Jugaba andando
Alimoe saltó a la fama en Estados Unidos gracias a la marca deportiva AND1, que le colocó en una serie de vídeos promocionales con las mejores jugadas y jugadores de streetball de New York. Cada vez que alguien se compraba unas zapatillas recibía como regalo una cinta VHS en la que salía, entre otros magos del balón, un adolescente espigado y con altura de ala-pívot que manejaba el balón como si fuera un base pequeño y habilidoso. Jugaba andando, literalmente, pero dominaba los partidos y avergonzaba a sus rivales por partes iguales.
Cuando aquel movimiento creado por AND1 se hizo mundial, Alimoe estuvo incluido. Participó en tours por los cinco continentes y despligó su inagotable repertorio de movimientos en ciudades que cuando era niño ni siquiera sabía que existían. Conoció mundo y llevó el espíritu de Harlem por todo el Globo. Era una de esas personas a las que se considera ‘reales’, sin aditivos ni colorantes. Era lo que se veía, dentro y fuera de la cancha.
Siempre deseado por las marcas multinacionales y durante muchos años objetivo de equipos profesionales de todo el país, Alimoe salía de casa en chándal, jugaba en cualquier cancha de la ciudad con una camiseta de tirantes blanca, se secaba el sudor con una toalla de mano y pasaba el resto del día entre los bloques de ladrillo en los que se había criado.
Hablaba con unos y con otros, jugaba con los más ancianos al dominó y tomaba el pelo a los críos que le retaban a un uno contra uno. Cuando alguien le preguntaba si algún día jugaría en la NBA se reía. Cuando le preguntaban por qué no lo estaba haciendo ya soltaba una carcajada. 
preocupado por los jóvenes
Sus raíces fueron las culpables de que empezase a dar charlas por los colegios de Harlem, pero no sobre baloncesto, sino sobre la vida y lo que es crecer en un sitio humilde con las tentaciones de los billetes y los diamantes cuando destacas en algo a la vuelta de la esquina. Siempre se preocupó de los más jóvenes. Les enseñó a botar el balón, lanzar en suspensión, atarse los cordones y cuidar de los mayores y, sobre todo, a no dejar nunca de ser reales. Como siempre lo fue él. Como lo seguirá siendo será recordado, como jugador, como vecino, como mentor… como leyenda.