Fernando Alonso volvió a empaparse del champán que suplicó en la víspera, el de los podios y las victorias. Tanto lo echaba de menos que, después de cumplir con el ritual de mojar un poco a sus compañeros de cajón y a los miembros de su equipo que le vitoreaban desde abajo, Fernando se duchó a sí mismo. Puso la botella boca abajo sobre su cabeza y, como si necesitara convencerse de no permanecer dentro de un sueño, se vació encima la prueba pericial de la gloria.
Y sí, Fernando estaba despierto y su triunfo era de verdad. El Mundial 2010 lleva su nombre desde el primer día. Ha puesto líder su F10 nada más montarse en él. Y así, hoy, los que proclamaban esta fusión como la ecuación mágica -el mejor piloto al volante del mejor coche-, se sienten más respaldados por la razón que los que la discutían. La primera impresión, tanto sólo un gran premio después, es que Ferrari ha perdido el tiempo sin Fernando. Y que sin Ferrari, Fernando ha perdido además un trozo importante de su reputación. Porque el piloto español se hartó hasta ofender de rebajar el potencial de los coches que antes le dieron cobijo y el trabajo de quienes trataron de ponerlos a tono. Pero esta vez no.
Esta vez, quién sabe si con la lección aprendida, o simplemente porque de verdad siente lo que no sintió en otras escuderías, Alonso se olvidó del yo sobre todas las cosas al que frecuentemente acudía (menos para las culpas, que siempre eran de los demás) y concedió todos los méritos al auto y a sus ayudantes. Al equipo. Ese “han trabajado día y noche para poner en marcha este coche” sonó en su boca hasta conmovedor. La afición española (y la italiana, que ahora van de la mano) tienen motivos para saltar. Alonso está de vuelta. Conduce mejor que nadie, adelanta como los grandes y encima, cuando gana, lo celebra como las buenas personas.
Artículo aparecido en el diario ‘Público’
Escrito por: José Miguélez, 15/03/2010 10:57Noticias relacionadas: Fernando Alonso, Ferrari, Fórmula 1, Gran Premio de Bahrein




















