Cuando parecía que sus mejores días habían pasado, preso quizá de una melancolía que siempre le ha acompañado, lejos de ser un deportista mediático en España como su curriculum de triunfos bien merecería, Óscar Freire obsequió ayer a la afición al ciclismo, a su equipo, a Miquel Poblet, y, por supuesto, a sí mismo, con su tercera Milán-San Remo.
Siempre a contracorriente, Freire redescubrió para el ciclismo moderno de nuestro país las clásicas, los sprints, devolvió al público la noción de que había vida más allá de ganar el Tour de Francia o la Vuelta a España, nos recordó la importancia del Mundial de Fondo en Carretera o la mística de botar en bici a toda velocidad sobre tramos de pavés. Cuando en 1998 llegó a profesionales, acompañado de su inseparable Pedro Horrillo, al equipo Vitalicio Seguros de Javier Mínguez, rompió el molde de ciclista que apostaba por las competiciones de tres semanas, con aptitudes para la montaña. Gracias al ojo clínico del seleccionador nacional Paco Antequera, que lo convocó para el Mundial de ese mismo año ante la incredulidad general, Freire tuvo la oportunidad de demostrar su talento. Un año más tarde, con 23 primaveras, llegó al final de la carrera que te viste de arco iris, en Verona, en el grupo de aspirantes. Como una sombra, casi desde el anonimato, maniobró con su bicicleta hasta el hueco más difícil, buscando el ángulo de sprint más lejano, y ganó aquel Mundial ante la sorpresa de los favoritos de la época, iniciando una década de trayectoria cubierta de victorias escogidas y de categoría, dos Mundiales más incluídos (2001,2004). La sensibilidad hacia las clásicas de Freire y de Horrillo quedó patente por escrito con la necrológica que éste último dedicó a Franco Ballerini hace poco; era uno de los suyos.
La Classicissima, como llaman en Italia a la Milán San Remo, siempre fue la favorita de Freire. Compone, junto con el Giro de Lombardia, la Lieja-Bastogne-Lieja, el Tour de Flandes y la París-Roubaix, los cinco monumentos del ciclismo de un día, del esfuerzo de más de doscientos kilómetros en una única jornada. Eddy Merckx la ganó siete veces. Miquel Poblet dos, en los casi perdidos años 1957 y 1959. Ayer, a sus 82 años, se alegraba de ser superado por Freire.
Si en lugar de en Torrelavega Óscar hubiera nacido en Varese o en Brujas, sería un mito del deporte nacional, como Bettini en Italia o Boonen en Bélgica. Pero, a pesar de su primer Mundial, rápidamente se dio cuenta de que si quería continuar con su apuesta, debía hacerlo en el extranjero. Y nunca le faltaron ofertas de equipos potentes, primero el Mapei, auténtico all-star del ciclismo en los primeros años de la presenta década, y luego el actual Rabobank.
Pero pese a su contrastada calidad, Freire nunca ha disfrutado de un equipo que corriera para él. Nunca le pusieron al final de uno de esos trenes espectaculares que le brindaban en los sprints a Cipollini o más recientemente a Petacchi o Cavendish. Siempre fue un jinete solitario, lo que aceptaba con una cada vez menos disimulada espartana resignación. Incluso en la estructura de la selección española, que sin negar el talento actual de Valverde, Samuel Sánchez o Joaquim Rodríguez para este tipo de pruebas, debería besar por donde rueden los tubulares de Freire, no apostaron decididamente por él en Varese en 2008 e incluso le sacrificaron persiguiendo rivales el año pasado en Mendrisio.
Sólo Binda, Merckx y Van Steenbergen comparten con Freire el honor de poseer tres victorias en el Mundial en Ruta. Se merece poder luchar por el cuarto en las mejores condiciones posibles, primero porque tiene dudas de continuar en activo la próxima temporada y, sobre todo, porque ayer volvió a demostrar que aún lo tiene en las piernas.
Escrito por: Daniel Cana, 21/03/2010 16:59Noticias relacionadas: Ciclismo, Milan-San Remo, Óscar Freire





















